“Todo lo antiguo se va derruendo; todo lo antiguo, que es lo que evoca el recuerdo grato de lo pasado y nos proporciona las emociones más íntimas en nuestras almas, toma el rumbo de desaparecer”

Don Amado Riverol, anciano marino, capitán de puertos y comandante militar del trozo de Orotava, que en un tiempo, llegó a ser alcalde del Puerto de la Cruz. (Del blog "Canarízame")

jueves, 15 de agosto de 2013

La ermita de Gracia a través del tiempo

por Melchor Padilla


Es, sin lugar a dudas, la gran olvidada del patrimonio insular, aunque es uno de los templos que atesoran una mayor historia de los de La Laguna. Alejada del centro histórico de la ciudad, no ha merecido la atención de las autoridades hasta fecha muy tardía cuando fue reconocida con la categoría de Bien de Interes Cultural en el año 2003.

Situada en el camino que desde Santa Cruz conducía a la antigua capital de la isla, la ermita de Gracia fue, si creemos al historiador Núñez de la Peña, la primera iglesia que se hizo de piedra en Tenerife. Fue construida en un promontorio natural donde, según fuentes de la conquista, se emplazó el campamento de las tropas de Alonso Fernández de Lugo durante su segunda entrada en la isla en 1494, en las fechas previas a la batalla de La Laguna. Cuentan las mismas fuentes que el lugar y la advocación mariana fueron elegidos como señal de agradecimiento del conquistador por la victoria sobre los guanches.

La profesora Mª Jesús Riquelme en su obra de 1982 dedicada a algunas ermitas de La Laguna la describe así: “rodeada por una plaza, protegida ésta y el recinto de la ermita por el típico muro almenado (…). También se encontraba en dicha plaza un pozo que servía de reclamo a los caminantes que pasaban por el lugar. La ermita se conservaba libre de todo tipo de construcciones que impidieran ver su estructura externa. De blancos muros, techumbre típica de tejas rojas, campanario y capilla cuadrada, rematada en su cabecera por un balcón canario que comunicaba con el camarín de la Virgen”


Poco queda hoy en día de aquel edificio que describieron insignes visitantes como Berthelot o Coquet . Como escribió en su día Adrián Alemán, ellos vieron “la imagen que el santuario dejó de dar cuando se le envolvió en esos horrendos edificios de dudosa arquitectura" En 1541 se trajo desde Flandes una hermosa talla de la Virgen que desde los primeros momentos fue objeto de gran devoción, por lo que en muchas ocasiones fue llevada en procesión a la ciudad de La Laguna en tiempo de epidemias, sequías u otros desastres, pues se la consideraba muy milagrosa.

Es un edificio del que conservamos imágenes muy tempranas, tanto pictóricas como fotográficas, lo que nos permite hacer un paseo por su evolución histórica y así percatarnos de lo que nunca debió dejar de ser. Veamos algunos ejemplos:

La primera de las imágenes es un óleo de autor anónimo que se conserva en la ermita y que nos permite conocer cómo era su entorno con las casas que la rodeaban hacia mediados de siglo XVIII. Formaba parte de un conjunto de diez cuadros, de los que se conservan cuatro, y en él se refiere el milagro obrado por la Virgen de Gracia con ocasión de una epidemia de peste en 1752-53. En la escena representada aparecen tres campesinos de perfil y de rodillas, ante un paisaje en el que aparece la ermita encalada de blanco y techada por tejas rojizas. Presidiéndolo todo aparece la Virgen en el cielo. Es la primera imagen que tenemos de la ermita y en ella podemos apreciar un sencillo edificio de una sola nave rodeado de algunas humildes casas campesinas.

La siguiente imagen es un grabado de la serie que se realizó a partir de los dibujos que hizo el inglés J.J. Williams para la obra Misceláneas Canarias, de Sabino Berthelot y Phillip Parker-Webb, que nos da un retrato fiel de la isla en aquellos años de finales del primer tercio del siglo XIX. En el dibujo aparece, tras la casa de los Estévanez que vemos en primer plano, la ermita que ya muestra su airoso campanario y que todavía conserva la balconada en la cabecera y una sacristía octogonal que no está documentada en los textos.

De finales del siglo XIX o principios del XX debe de ser esta hermosa e inédita, creemos, fotografía de la pequeña iglesia de Gracia propiedad de Florencio Real Hardisson, hijo de Clemencia Hardisson, una mujer canaria que todavía no ha recibido el tributo que se merece por parte de sus conciudadanos y que vivió en el camino de La Hornera, muy cerca de la ermita.


La foto debe haber sido tomada desde ese mismo camino, a la altura de lo que hoy es la trasera del Instituto Astrofísico de Canarias (IAC). En ella, tras un grupo de seis campesinos, se nos aparece el templo en una vista inusual que nos permite apreciar el campanario, el balcón canario con todo su esplendor y el muro almenado que la rodeaba.

Algunos años después el magnífico dibujante, poeta y humorista Diego Crosa “Crosita”, asiduo participante de las tertulias que tenían lugar en la plaza de la ermita y en la vecina casa de los Estébanez, hace un dibujo a plumilla en el que podemos admirar la balconada de estilo canario que cerraba la cabecera de la iglesia. En primer plano unas pequeñas casas de labranza nos hablan del pasado eminentemente agrícola de la zona, hoy desaparecido por el desarrollo urbano del barrio de Gracia.


En los años veinte el pintor y escultor Francisco Borges Salas pinta un curioso cuadro en el que representa unas dependencias de una casa en las que aparece en el suelo, en primer plano, otra pintura en la que se ve el conjunto arquitectónico del lugar de Gracia, compuesto por la ermita y la casa de los Estévanez, en la que residía el autor, pues había contraído matrimonio con la hija de Patricio Estévanez Murphy, uno de los descendientes de los antiguos propietarios de la finca.

En ese cuadro, propiedad de los herederos del pintor, se representa a si mismo de espaldas pintando acompañado de algunos miembros de su familia entre los que distinguimos a su esposa Cristina y a su suegro. Para pintar este cuadro Borges Salas se inspira en una fotografía algo más antigua de la zona en la que vemos nuestra ermita en una vista lateral tomada desde la orilla derecha del barranco del Gomero, muy próximo a la casa de los Estébanez. El original de esta fotografía aparece con una cuadricula realizada por el pintor para después hacer el cuadro.


De los años cuarenta debe ser la magnífica acuarela del pintor Francisco Bonnín, que pertenece a la colección del Cabildo de Tenerife, en la que con la luminosidad que acostumbraba a dar a sus obras quien ha sido sin dudar el mejor acuarelista de Canarias, se nos representa una imagen de Gracia en la que, tras unas pequeñas casas rodeadas de flores, aparecen la fachada, el campanario y parte de la sacristía.

Sin embargo, todo esto empezó a cambiar desde que en 1926 las religiosas oblatas del Santísimo Redentor recibieron la iglesia de manos del obispo Fray Albino, para servir de capilla para su instituto. A partir de ese momento comenzó la construcción de una serie de edificios para albergar a la comunidad y a las internas, lo que dio lugar a la supresión del balcón canario tan característico de la antigua ermita, del que nada queda, y que sólo se puede apreciar en los cuadros y grabados antiguos.

Las obras continuaron a través de los años culminándose con la construcción de un gran edificio que hoy en día permanece abandonado y en unas condiciones lamentables. La comunidad, además, cerró el acceso al recinto a los vecinos de la zona, por lo que fue perdiendo su integración en el barrio. Las fotografías de hoy en día presentan un panorama desolador con la vieja ermita cercada de horribles construcciones y vallas publicitarias, como se puede ver en la fotografía aérea que acompañamos.


No obstante, en los últimos años ha surgido un movimiento importante a favor de la recuperación de la ermita. A este movimiento se han sumado con entusiasmo no sólo los vecinos sino también el profesorado y alumnado del vecino IES Domingo Pérez Minik que desde hace unos años abogan por que la iglesia recupere su papel de antaño. Fruto de esta lucha ha sido el desplazamiento de las vallas publicitarias de tal forma que desde hace poco tiempo se puede apreciar la belleza de este, por muchos, desconocido templo.


jueves, 1 de agosto de 2013

Un canario en la primera vuelta al mundo en dirigible

por Melchor Padilla


El 15 de agosto de 1929 el dirigible Graf Zeppelin LZ 127, orgullo de la aeronáutica alemana, se elevaba majestuosamente sobre la localidad alemana de Friedrichshafen con el fin de iniciar la primera vuelta al mundo. Fue la mayor aeronave de su tiempo y había sido construido en 1928 por la Luftshiftbau Zeppelin con estructura rígida y volumen de 105 000 ms cúbicos, longitud de 236,6 ms y diámetro de 33,7 ms. Estaba accionado por motores Maybach VL-2 de 12 cilindros dispuestos en 5 barquillas. Podía trasportar una carga de 60 toneladas y estaba dotado de cabinas para 20 pasajeros, siendo su tripulación de 45 miembros comandada por el doctor Hugo Eckener.


A bordo embarcaron, tras pagar los 7000 dólares que costaba el billete, veinte pasajeros entre los que sólo había una mujer, la periodista inglesa Lady Grace Hay Drummond-Hay. Los demás eran seis norteamericanos, cinco alemanes, tres japoneses, un suizo, un ruso, un australiano, un francés y un español, el médico grancanario Jerónimo Megías Fernández.

Nacido en su casa de la calle López Botas del barrio de Vegueta de Las Palmas en 1880, pertenecía a una importante familia de Arucas que todavía en la actualidad es propietaria de una de las más sobresalientes industrias de alimentación de las islas: la fábrica de chocolates y pastas “La Isleña”.  A los 11 años ingresó en el Colegio de San Agustín de su ciudad natal donde compartió enseñanzas con algunos de los más destacados miembros de la vida intelectual y artística grancanaria como Rafael Mesa, Nestor de la Torre, Bernardino Valle y, sobre todo, el que sería su gran amigo, Luis Doreste Silva

Se traslada a Madrid para estudiar Medicina titulándose en 1909 en la misma promoción que destacados médicos como Marañón, Faldó, López Durán, Coca o Fernández Criado. Pasó también por el Instituto Pasteur de París donde se especializó en Bacteriología. Junto con su hermano Jacinto, también médico, comienza a trabajar en el instituto que su tío, el doctor Vicente Llorente y Matos, había fundado en la capital en 1894 y que era considerado como uno de los más notables centros innovadores de la Bacteriología en España. En este centro se llevaron a cabo importantes estudios sobre la peste y la rabia y también sobre la prevención de la difteria. Tras el fallecimiento de su tío en 1916, los hermanos Megías se hicieron cargo de la dirección del instituto Llorente, desarrollando una importantísima labor de investigación epidemiológica que les llevó a adquirir una gran consideración profesional y a ser nombrados por el rey Alfonso XIII médicos de la Casa Real. 



Pero, al margen de los aspectos ligados a su profesión de médico y biólogo, hoy traemos a estas páginas su figura por su enorme afición a los viajes, que le llevó a participar en algunas de las más conocidas experiencias viajeras de aquellos años como la vuelta al mundo del trasatlántico Franconia, y sobre todo por esta aventura que hoy nos ocupa: la primera vuelta al mundo en dirigible. El doctor Megías dejó plasmadas sus impresiones del viaje en un libro que tituló La primera vuelta al mundo en el 'Graf Zeppelin' 

En la madrugada del 15 de agosto el dirigible partió desde su base en Friedrichshafen en dirección al este para realizar su primera etapa que les llevaría hasta Tokio. Tras cruzar Alemania se dirigieron a Lituania y luego penetraron en la Rusia europea. Continuaron su camino a través de los desolados paisajes de Siberia pasando por Jakutsk. Llegaron a la capital nipona tras más de 99 horas de vuelo y tras haber recorrido más de 11000 kilómetros. A su llegada a Tokio recibieron multitud de agasajos. El 23 de agosto el Graf Zeppelin partió de Japón en dirección a Estados Unidos. En este trayecto se produjo uno de los momentos más duros de la travesía pues el dirigible se vió sacudido durante más de un cuarto de hora por un terrible tifón tropical. Tras más de sesenta horas de navegación hicieron escala en Los Angeles donde fueron agasajados en Hollywood por el mundo del cine. En una tercera etapa cruzaron Estados Unidos (4.437 kms.) en 52 horas llegando el día 29 a Lakehurst. En Nueva York fueron objeto de un recibimiento apoteósico  'a la americana’ y desde allí partieron hacia Friedichshafen donde llegarían 67 horas después y tras haber recorrido otros 8.400 kilómetros. Habían cubierto 33.531 kilómetros en veinte días.


Aunque el Graf Zeppelin no pasó en esta ocasión por encima de las Canarias -sí lo haría más adelante-, Megías aprovecha que el dirigible se ha desviado bastante al sur de las islas Azores, entre las de Madera y las Canarias, para tener un entrañable recuerdo para su tierra. Nos cuenta: "Estamos en comunicación radiotelegráfica con la estación de Canarias; mi contento alcanza proporciones infinitas; quiero reconocer hasta el aire que respiro; es el mismo que me envolvió cuando vine a la vida y que me llenó los pulmones en los felices días corridos desde la niñez hasta la juventud. En las Islas están vinculados mis afectos entrañables. He dirigido dos radiogramas, uno, al alcalde de Las Palmas, saludando en él a mi querida ciudad natal; otro a mis hermanos, enviándoles abrazos, rebosantes de alegría, al encontrarme cerca de ellos, en el triunfal regreso de la vuelta al mundo, y encareciéndoles un piadoso encargo: que depositen en mi nombre un puñado de flores sobre las humildes piedras que, entre los muros y cipreses del modesto cementerio de Arucas, cubren las reliquias de mi santa madre.."

Jerónimo Megías falleció de forma prematura en noviembre de 1932. Su gran amigo Luis Doreste Silva escribió en el Diario de Las Palmas del día 9 de ese mes,  un emocionado recuerdo en el que lo retrata así: "Apasionado por todo lo bello, amante y protector de todas las grandes audacias científicas modernas, hizo famoso Jerónimo Megías su desprendimiento y su arrojo personal en las más diversas empresas del espíritu humano. Viajero incansable, vibrante de una siempre viva curiosidad, fue un ferviente enamorado del aire"

Sirvan estas líneas como recuerdo a su persona en estas islas nuestras.

NOTA: Quiero manifestar mi agradecimiento por el aporte de datos y material gráfico al sr. Pablo. P. Jesús Vélez-Quesada, Cronista Oficial de Arucas y al profesor Agustín Miranda Armas.