“Todo lo antiguo se va derruendo; todo lo antiguo, que es lo que evoca el recuerdo grato de lo pasado y nos proporciona las emociones más íntimas en nuestras almas, toma el rumbo de desaparecer”

Don Amado Riverol, anciano marino, capitán de puertos y comandante militar del trozo de Orotava, que en un tiempo, llegó a ser alcalde del Puerto de la Cruz. (Del blog "Canarízame")

lunes, 24 de junio de 2013

La Casa del Barco de La Verdellada

por Melchor Padilla

Buscando información gráfica en la red nos hemos encontrado casualmente con una antigua postal de un fotógrafo sin identificar que, posiblemente entre 1895 y 1900, plasmó con su cámara una escena que titula 'Tenerife. El barco; capricho campestre'. En ella podemos contemplar una casa tradicional canaria y, tras ella, un árbol de cierto porte sobre el cual aparece el esqueleto de un barco velero con dos mástiles y un bauprés. Desde este barco una pareja de jóvenes mira hacia la cámara. ¿En qué parte de la isla está tomada esa fotografía?

Un elemento del paisaje nos revela el secreto, pues a la izquierda de la imagen aparece la estampa inconfundible de la montaña de San Roque, vista desde la zona que hoy ocupa el lagunero barrio de La Verdellada. Con estos datos nos atrevemos a asegurar que estamos contemplando una de las imágenes más antiguas de la que hoy es conocida como la Casa del Barco. En las imágenes de esta casa en la actualidad podemos ver el mismo árbol, un alcornoque, que sostuvo en tiempos el velero, aunque la montaña ya no se divisa con claridad debido a la construcción de un edificio en las últimas décadas.


La Casa del Barco, cuyos orígenes algunos sitúan en el siglo XVI, fue el núcleo fundacional de lo que hoy es el barrio de La Verdellada, cuyo nombre procede, al parecer, de la uva verdello que se cultivaba en la zona. Se trataba de una casa rural con un aljibe que permitía el regadío de los cultivos de la finca. Ese aljibe existe aún hoy en día y sobre él aparece el que quizá sea el último molino de viento de este tipo de Tenerife.

Estos molinos, llamados de tipo americano, fueron producidos masivamente en Estados Unidos desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Al finalizar el siglo XIX sólo la compañía Aermotor produjo más de ochocientos mil molinos de viento. La tecnología del molino americano se difundió en todo el mundo durante la última década del siglo XIX y se producían, bajo licencia o con diseños similares, en muchos países. La implantación de la electricidad hizo que fueran desapareciendo paulatinamente de nuestro paisaje, aunque todavía es posible ver alguno funcionando en la isla de Fuerteventura.

En la época en que se hizo la fotografía la casa fue dedicada a merendero, que contaba como principal atractivo con el barco sobre el árbol en el que se podían degustar las viandas y bebidas del establecimiento. En una imagen aérea de 1961, vemos la casa y la finca con una era, hoy desaparecida, lo que prueba la importancia del cultivo de cereales en la zona. El plano del barrio apenas se está empezando a configurar en esa época, pues solo existe la manzana entre la avenida de La Salle, el Camino Real y la calle Francisco Afonso Carrillo. Por encima, unas pocas casas dispersas que no llegan hasta la actual calle Domingo Pérez Minik. Esta imagen nos da, pues, una idea de lo que fue esta zona de La Laguna antes del gran desarrollo poblacional de los años 60 y 70.

La Casa del Barco fue salvada de su demolición gracias a la acción de los vecinos de la Verdellada que ven en ella todo un símbolo de su barrio. En el año 2009, el ayuntamiento se comprometió a restaurar la casa y convertirla en un centro de carácter sociocultural, pero hasta el momento no se han iniciado los trabajos.

POST SCRIPTUM

Un buen amigo, Carlos Filpes, nos envía algunas imágenes de la Casa del Barco. Fueron tomadas por el fotógrafo aficionado Pedro de Marinas Pérez de Évora a principios de siglo. Gracias por tu atención, Carlos.




lunes, 17 de junio de 2013

El Torreón de Ventoso: un mirador sobre el mar

por Melchor Padilla


En 1821 Alfred Diston, un comerciante inglés afincado en el Puerto de la Cruz, pintó dos pequeñas acuarelas que tituló “Vista desde la ventana de mi cuarto” en las que representó dos vistas panorámicas de la ciudad en aquel tiempo. En una de ellas vemos levantarse, sobre el fondo del Teide y los farallones de Tigaiga, una esbelta torre. No es otra que la que hoy conocemos con el nombre de Torreón de Ventoso, que es un edificio ligado al pasado mercantil de esta ciudad del norte tinerfeño.

La casa o palacete de Ventoso presenta la típica fachada de tres plantas, con distribución regular de vanos asimétricos y balcón cubierto central. Posee, asimismo, uno de los elementos más característicos de la vivienda levantada en un lugar portuario: el mirador. Desde él , pieza lógica en una población de importante tráfico comercial, se garantizaba la contemplación total de la bahía portuense. Este tipo de construcción, el mirador, se halla presente en diferentes poblaciones costeras de la isla donde el comercio naval ha tenido una importancia muy grande. Su función era servir de atalaya a sus propietarios para conocer el movimiento portuario, ya que los primeros en llegar al muelle tenían preferencia a la hora de hacer las transacciones comerciales con los navíos que arribaban al puerto. Hay miradores, por ejemplo, en la Casa de Carta de Santa Cruz o en la de Ponte en Garachico y, aunque no siempre adoptan la misma forma, tienen en común el estar ubicados en lugares marcadamente prominentes y con una visión despejada en todas direcciones. El caso que nos atañe tiene la torre más alta de este tipo en la isla.


Este emblemático edificio portuense se construyó a principios del siglo XVIII y sus primeros propietarios fueron el capitán Juan de Arbelo y su esposa Catalina Pérez de los Ángeles. En 1730 los herederos alquilan el palacete al irlandés, natural de Waterford, Bernard White, que tenía un negocio de exportación de vinos e importación de cereales, granos y maderas desde las Islas Británicas y Estados Unidos. Bernard White, cuyo apellido españolizó en Blanco, mandó construir en 1750 el torreón. De base cuadrada, consta de sótano, cinco pisos y azotea. Se accede a la torre por una escalera de madera techada exterior que lleva a la altura la segunda planta. Los vanos de las ventanas son de guillotina y están situados en los cuatro siguientes pisos. En el último piso los cuatro balcones no son del mismo tamaño, pues el que mira al mar tiene mayor dimensión.

Tras la ruina de los Blanco, a finales del siglo XVIII, la casa fue vendida a una familia mercantil de origen gallego, los Ventoso, que acabaron dando nombre al edificio. En 1910, los herederos alquilan la casa, que será utilizada sucesivamente como grupo escolar, gallera para las peleas de gallos, lugar de ensayos de la banda municipal de música y, parte de ella, como ciudadela. Tras el incendio que sufrió en abril de 1925 el ayuntamiento del Puerto de la Cruz, es trasladado a la casa Ventoso. En 1936, tras el comienzo de la guerra civil, sirvió de acuartelamiento militar durante unos cinco años.

En 1950, por iniciativa del sacerdote padre Flores Ghöbbe, el edificio pasa a manos de la Iglesia para albergar en ella la casa de los muchachos Pío XII. Siete años más tarde se inaugura como colegio regentado por los Padres Agustinos y como tal funciona durante casi cuarenta años hasta su cierre definitivo en 1995.

En abril de1988 se incoa el expediente de declaración de Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento Histórico para el torreón. Han pasado ya veinticuatro años y sigue sin resolverse dicho expediente, pues todavía en enero de 2011, el cabildo de Tenerife publicaba un anuncio relativo a la apertura del trámite de audiencia en el expediente de declaración de BIC ya que la resolución de 1988 no establecía la delimitación gráfica y escrita ni la justificación de la delimitación y la descripción del edificio en cuestión. El cabildo trataba en estos anuncios de localizar a los propietarios de las fincas urbanas afectadas porque, al parecer, no habían tenido éxito los intentos anteriores de localización de los mismos.

En 1997, el torreón fue objeto de restauración por parte del Cabildo y en 2000, siendo alcalde Salvador García, el ayuntamiento y el obispado firmaron un convenio quinquenal renovable que posibilitaría la apertura al público del edificio. Se estudiaba también la posibilidad de compra por parte del ayuntamiento portuense de la finca para crear un complejo cultural, histórico y turístico. El 31 de julio de 2006 la Corporación, presidida por Marcos Brito, acordó pagar al Obispado un alquiler de 1.500 euros mensuales por el conjunto de Ventoso hasta tanto se pudiera ejecutar la compraventa acordada. Durante el mandato de la alcaldesa Lola Padrón se consiguió del Ministerio de Cultura la financiación para la restauración del conjunto arquitectónico del palacete y el torreón.

En nuestros días, todavía no se ha conseguido destinar el edificio a ninguno de los objetivos que se pretendían. El Torreón de Ventoso es un ejemplo más del difícil entramado que se crea en nuestra isla con la declaración de los bienes patrimoniales. Parece que la desidia de algunas autoridades unida a ciertos intereses particulares impiden, como en otros muchos casos el disfrute por parte de los ciudadanos de la isla y de los numerosos visitantes de un monumento tan señalado como este.

lunes, 10 de junio de 2013

Grafitis de ayer

por Melchor Padilla


A todos los que a lo largo de muchas generaciones de estudiantes tuvimos la oportunidad de disfrutar de este rincón único.

Los monumentos patrimoniales de nuestro entorno nos muestran, de vez en cuando, una imagen distinta a la que estamos acostumbrados a contemplar. Es entonces cuando surge la sorpresa de lo inesperado. En el centro histórico de La Laguna se levanta uno de los edificios singulares más ligados al pasado de la sociedad lagunera y, también, de la tinerfeña y canaria. Nos referimos al antiguo Instituto de Canarias, hoy IES Canarias Cabrera Pinto, en cuyas aulas estudiaron generaciones de estudiantes de las islas desde 1846.

El edificio se articula en torno a dos patios y el principal es uno de los mejores exponentes de los claustros renacentistas de Canarias. Posee dos plantas: la inferior se encuentra rodeada en cada uno de sus lados por columnas de toba roja con capiteles toscanos y la superior por una serie de columnillas de clara inspiración clásica que la rodean por tres de sus lados. En su interior, un exuberante jardín de plantas tropicales crea uno de los espacios arquitectónicos más sugerentes del Archipiélago.

Pero fijémonos en los fustes de las columnas de ambos pisos. Si exceptuamos los fragmentos sustituidos en la restauración del edificio en 1994, todas ellas se encuentran llenas de inscripciones hechas por los alumnos del centro a lo largo de casi 140 años. Algunas son simples arañazos superficiales, otras en cambio son mucho más elaboradas y profundas. Allí vemos, junto a las iniciales de los nombres, algunas fechas. La más antigua que hemos podido hallar es de 1894 y la más reciente de 1994. Cien años de grafitis, como mínimo, que recuerdan la presencia de los estudiantes que en su momento quisieron dejar una huella de su paso por el centro.


También encontramos incisiones que nos señalan el paso por el Instituto de Canarias de miembros de familias muy conocidas de la sociedad local. Así aparecen, entre otros, los apellidos Claveríe, Ascanio u Oramas.

Desde sus orígenes como convento agustino en el siglo XVI, el edificio estuvo ligado a la enseñanza, pues desde 1539 se impartían clases en él. En los siglos XVIII y XIX fue sede con carácter intermitente de la recién creada Universidad de La Laguna, a la que fue adjudicado en 1836 tras la desamortización y exclaustración de los religiosos. Este centro de educación superior tuvo allí su sede hasta 1845.

En 1846 se creó, por fin, el Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias con carácter provincial; es decir, para todo el Archipiélago, pues en aquellos momentos constituía una sola provincia. La existencia de un único instituto de enseñanza secundaria para todas las islas nos habla, por otra parte, de las enormes carencias en materia educativa de Canarias en el siglo XIX.

Desde entonces y hasta la ya citada restauración del edificio, miles de alumnos de todas las islas acudieron a estudiar a sus aulas y muchos de ellos dejaron su impronta en las columnas de su claustro. El profesor Francisco Fajardo Spínola ha reconstruido la vida de estos escolares en su excelente trabajo Historia del Instituto de Canarias, publicado en 1995.

Lo que en nuestros días entenderíamos como un atentado a un bien patrimonial de enorme importancia se convierte, por arte del paso del tiempo, en una fuente de documentación muy interesante. Lo que ayer fue vandalismo hoy es Historia.






lunes, 3 de junio de 2013

Una lección de Historia en el parque

por Melchor Padilla


Santa Cruz cuenta desde el primer cuarto del siglo pasado con un espacio para el disfrute de los ciudadanos que se ha convertido casi en un emblema de la ciudad. Nos referimos al Parque Municipal García Sanabria, que toma su nombre del alcalde santacrucero que lo promovió durante su mandato, a partir de 1926. Comenzado gracias a una suscripción popular, el parque ocupa más de seis hectáreas y media en lo que algunos denominan la “manzana verde”, entre las calles Numancia, Méndez Núñez, Dr. José Naveiras y Rambla de Santa Cruz. En su interior los distintos paseos nos permiten disfrutar de una generosa vegetación tropical y subtropical en la que más de doscientas especies distintas conviven en lo que es, sin duda, el pulmón verde de la ciudad. En 1973, con motivo de la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle, se instalaron allí obras de artistas tan importantes como Serrano, Soto, Paolozzi, Gabino, Assler, Viseux, Subirachs y Guinovart, entre otros.

Organizado en torno a dos grandes alamedas diagonales, cuenta con múltiples rincones muy conocidos por los santacruceros: el monumento a García Sanabria en el que destaca la escultura Fecundidad de Borges Salas, la Rosaleda, el Paseo de los Bambúes, el reloj de flores, el estanque,... pero hoy nos vamos a referir a un pequeño espacio que fue incluido en la urbanización que se llevó a cabo en 1942 entre las alamedas que se abren hacia la calle Numancia.

El lugar no es otro que la pequeña glorieta circular a la que se accede desde el paseo de los Bambúes por una doble escalinata en medio de la cual podemos apreciar uno de los azulejos que la adornan.

Si bajamos hallaremos un espacio circular de unos catorce metros de diámetro en cuyo centro se encuentran los restos, porque no son otra cosa, de un monumento, obra del que fuera arquitecto municipal, José Blasco. Esta obra estaba dedicada a la isla de Tenerife y, sobre todo, a su clima. Consistía en dos prismas de piedra, unidos por una arista, en medio de los cuales se situaba un termómetro de temperaturas reales. Coronando el conjunto se incluyó una tortuga cuyo caparazón es la imagen simbólica del universo, redondo por encima, como el cielo y plano por debajo, como la tierra. Coronando el conjunto había una esfera de hierro con los signos del Zodíaco y la silueta de la isla de Tenerife con su paralelo y meridiano acusados. Debido al vandalismo habitual en nuestra isla, de todo el conjunto escultórico sólo queda la tortuga.

A su alrededor, el espacio se organiza mediante pérgolas bajo las cuales unos bancos de piedra y ladrillo permiten disfrutar de un rincón apacible y apartado. Hay en total cuatro bancos, tres situados en el interior de la glorieta y otro más en el espacio entre las dos escalinatas que dan acceso al recinto. Los cuatro bancos están decorados con azulejos que fueron elaborados por la fábrica sevillana de la Viuda de Mensaque y Vera, siguiendo los dibujos de la pintora Lía Tavío, nacida en el Puerto de la Cruz. En los tres del interior se narran, con la visión acrítica de la historia característica de aquellos días, escenas de la vida de los primitivos habitantes de la isla. En el último se hace un cántico a las Canarias de los años cuarenta y a su progreso y desarrollo.


En el primero de ellos, que recibe el nombre de Llegada de los conquistadores, un grupo de guanches, ataviados de la forma en que aún hoy mucha gente cree que vestían, divisan desde las cumbres boscosas de la isla con claras manifestaciones de sorpresa la llegada de las naves que traen a los conquistadores a la isla.


En el segundo, que lleva por título Costumbres de los guanches y Valle de La Orotava, podemos observar escenas de la vida cotidiana guanche. A la izquierda se reproduce una escena hogareña: una madre, rodeada de elementos de ajuar cerámico, muele cereal con un molino de mano en el exterior de su cueva mientras los niños la observan. Un poco más atrás aparece una agarrada de lucha entre dos jóvenes. El centro lo ocupa un panorama idílico del Valle de La Orotava y, por fin, a la derecha un grupo de pastores cuidan de sus cabras mientras otro parece practicar el salto del pastor.


El tercer azulejo se llama Batalla de Acentejo y en él se representa una escena idealizada del enfrentamiento que tuvo lugar en el barranco del mismo nombre en mayo de 1494 y que fue la principal derrota del ejército castellano durante la conquista de Canarias. Los guanches se enfrentan a pecho descubierto con palos y piedras contra un enemigo mejor armado al que derrotan.


El último de los azulejos se halla fuera del espacio interior de la glorieta y en él, bajo el título de Tipos, riquezas y civilización actual de Canarias, podemos contemplar a la derecha a un grupo de campesinos ataviados a la usanza tradicional delante de unas plataneras que representan la agricultura. De ellas parten líneas de tendido eléctrico que se dirigen a la ciudad y que simbolizan la industria. En el cielo un dirigible y, posiblemente, un autogiro junto a los vehículos que circulan por las carreteras nos hablan del auge de los transportes. A lo lejos el muelle con la farola del mar muy destacada y un sinnúmero de barcos anclados en la bahía como muestra de la importancia comercial de las islas. Por último, cuatro enormes torres hacen mención a las comunicaciones radiotelegráficas.

El estado de conservación de estos azulejos es bastante malo. Muchas de las piezas aparecen golpeadas o pintadas, como una muestra más de la barbarie que, lamentablemente, se ha convertido en una muestra de nuestra incultura.

No obstante este espacio sigue siendo uno de los lugares con más encanto del parque. Sería necesario que se procediera a la restauración de los elementos deteriorados por parte de la autoridad competente.