“Todo lo antiguo se va derruendo; todo lo antiguo, que es lo que evoca el recuerdo grato de lo pasado y nos proporciona las emociones más íntimas en nuestras almas, toma el rumbo de desaparecer”

Don Amado Riverol, anciano marino, capitán de puertos y comandante militar del trozo de Orotava, que en un tiempo, llegó a ser alcalde del Puerto de la Cruz. (Del blog "Canarízame")

lunes, 29 de abril de 2013

La finca de Franco

por Melchor Padilla

Los aficionados a utilizar la red de senderos de la cordillera de Anaga conocen la existencia en la zona de El Moquinal de un conjunto de edificaciones que incluyen, entre otras, una casa principal con diversas dependencias, un patio circular que en sus tiempos tenía una pérgola, la casa de los medianeros y, excavados en la roca de tosca, unos amplios establos.

Una fotografía de finales de los 80 nos permite conocer cuál fue su aspecto en los comienzos de su deterioro, pero si visitan un día de estos el lugar verán las huellas del vandalismo de las acampadas y fiestas rave en paredes con señales de incendios, demolición de antiguas estructuras y la basura como dueña absoluta de la antigua finca. Las gentes de la zona le dan diversos nombres: casa de La Tosquita, casa de Don Benito, casa Fuset o casa de Franco. ¿Cuál de todos ellos es el auténtico? Posiblemente todos. Veamos.


El nombre de casa de La Tosquita es un topónimo que hace referencia al material pétreo sobre el que están edificadas las casas y en el que, como dijimos más arriba, se excavaron los establos y algunas habitaciones de la casa principal.

El nombre de casa o finca de don Benito no es fortuito, ya que un poco más arriba nos encontramos con otro topónimo, Cuadras de don Benito, que hace referencia al mismo personaje.

Este no es otro que Benito Pérez Armas, político, periodista y literato canario, nacido en Yaiza (Lanzarote) en 1871, que fue presidente de la Diputación Provincial de Canarias y que, gracias a sus contactos con el liberal Canalejas a cuyo partido pertenecía, consiguió la Ley de cabildos en 1912. En 1914 se casó con la lagunera Elena González de Mesa, cuya familia era propietaria de las tierras de los alrededores de la casa desde el siglo XVIII. En ellas construyó la finca de recreo, con jardines y establos para ganado, de la que hoy hablamos. Pérez Armas falleció en 1937 y la ciudad de Santa Cruz le ha dedicado una calle.

Lorenzo Martínez Fuset, nacido en Úbeda, provincia de Jaén, en 1899, estudió Derecho en Granada.En esa época entabló una íntima amistad con el poeta Federico García Lorca, prueba de la cual es la abundante correspondencia que intercambiaron en aquellos años. Debido a esta amistad el poeta le dedicó uno de sus textos en prosa, Albaicín II.

En 1920 hizo oposiciones al Cuerpo Jurídico Militar y, tras un periodo en Melilla, fue destinado a Santa Cruz de Tenerife, donde permaneció de 1921 a 1922. En 1927 volvió a Canarias y contrajo matrimonio con Ángeles, hija de Pérez Armas. Como fiscal militar se mostró con extrema dureza en los casos en que intervino, entre los cuales destacamos el juicio por los sucesos de Hermigua de 1934.

Con la llegada de Franco a la Capitanía de Canarias Fuset entabló con éste y su familia una estrecha amistad. De hecho, cuando tuvo lugar la sublevación militar y Franco se desplazó a la Península, le dejó encargada la custodia de su mujer, Carmen Polo, y de su hija Carmen. El general pronto lo llamaría a su lado para organizar la Auditoria de Guerra y la Auditoria del Cuartel General de los sublevados. Esta posición le permitió obtener un gran poder que llevó a cabo con dureza, extralimitándose en su tarea judicial. En 1936 obtuvo una plaza del cuerpo de notarios del estado.

Terminada la guerra volvió a Tenerife donde, tras renunciar a su carrera militar, ejerció como notario en la casa de la plaza de la Iglesia de la capital de la isla que había sido propiedad de su suegro. Fue miembro de los consejos de administración de importantes empresas de las islas e incluso llegó a ostentar la presidencia del puerto de Santa Cruz. Falleció en 1961.

Tras la muerte de su suegro la casa de El Moquinal pasó a manos de su hija Ángeles y su marido, a quien se atribuyen las repoblaciones de pinus radiata de las Cuadras de Don Benito, la mancha de coníferas más importante de la cordillera de Anaga, y donde aún se pueden apreciar los efectos devastadores del huracán Delta de 2005.


En la finca llevó a cabo Martínez Fuset un gran número de reuniones con sus amigos, por lo que no es de extrañar que, antes de 1936, Franco la visitara. Aunque algunos se muestran contrarios a la estancia del general en la casa, las gentes de la zona la conocen como la finca de Franco.

La casa, tras un periodo en que fue ocupada por unas monjas, se fue abandonando poco a poco hasta llegar al deterioro de nuestros días. Aunque no es una casa que posea valores culturales, tiene tras sí suficiente historia para que sea conocida por los que la visitan.

lunes, 22 de abril de 2013

Otros tiempos, otras miradas

por Melchor Padilla


Desde que comienzan a aparecer, a mediados del siglo XIX, las primeras fotografías de nuestra isla, se desarrolla una forma de mirar Tenerife y de plasmar esa mirada a través del objetivo fotográfico. Fotógrafos extranjeros o locales, profesionales o aficionados, nos han legado un sinnúmero de imágenes que nos devuelven, a través de los años, el aspecto de nuestra tierra en el pasado.
Aunque se trata, casi siempre, de una mirada acrítica y más preocupada por plasmar las bellezas naturales de las islas que por dar a conocer los problemas reales de sus habitantes, gracias a estos fotógrafos nos podemos hacer una idea cabal de lo que era Tenerife antes de la furia constructora que ha transformado de forma tan radical la fisonomía de la isla a partir de los años sesenta.

Afortunadamente, internet nos permite ver estas imágenes del pasado gracias a la labor de instituciones y particulares. Entre las primeras, tenemos que hacer mención del Fondo de Fotografía Histórica de la Fedac del Cabildo de Gran Canaria, que cuenta con una buena recopilación de imágenes digitalizadas de todo el archipiélago. En lo que se refiere a los segundos tienen buenas colecciones de fotos de Tenerife tanto la página de Fotografías históricas de ]V[orlock como Tenerife del ayer compilada por Francisco Luis Yanes Aulestia. Estas webs nos permiten, entre otras, contar con una memoria visual que nos lleva a tomar conciencia de lo que hemos hecho de nuestra isla en los últimos cincuenta años.

Veamos algunos ejemplos:


Candelaria: Vemos una vieja imagen de principios del siglo XX de la plaza de la Patrona de Canarias. Sobre el terreno arenoso un grupo de personas de todas las edades posa en primer plano. Tras ellos se abre la plaza rodeada por algunas casas terreras. Más arriba la iglesia de Santa Ana aparece rodeada de viviendas tradicionales canarias. En la actualidad la plaza se nos presenta urbanizada, rodeada de edificios de varias plantas y en el barrio de Santa Ana han sobrevivido algunas de las antiguas viviendas.



Santiago del Teide: Casi cincuenta años separan estas dos imágenes de la Playa de la Arena. En la más antigua vemos la playa de arena negra casi sin edificaciones, apenas el antiguo bar de Pancho, hoy reconocido restaurante, y alguna más. Más arriba, detrás de la carretera que va a Puerto Santiago, algunas casas dispersas. Hoy la masiva construcción de hoteles y apartamentos ha hecho desaparecer el seco paisaje característico del sur de la isla.



Puerto de la Cruz: En una imagen de 1900 del fotógrafo Baeza, uno de los más importantes de aquel momento, vemos el paseo de San Telmo con la ermita al fondo y su característica empalizada. Tras ella el paisaje de la isla aparece en todo su esplendor. No hay todavía ninguna de las instalaciones que se construyeron durante el boom turístico de los sesenta, por lo que podemos apreciar toda la línea de la costa que en nuestros días ha desaparecido bajo el complejo que forman las piscinas de San Telmo y el Lago Martiánez. Los hoteles tapan la vista de las montañas de la dorsal de la isla.



Punta del Hidalgo: En una fotografía que firma el fotógrafo Melián de Valle Guerra podemos contemplar una vista de la Punta en los años sesenta. Está tomada desde el templete que se encuentra en la calle Sebastián Ramos y se ve el barrio de la Hoya Baja, el lugar que ocupa en la actualidad el muellito de pescadores y más allá una línea de costa despejada sin ninguna edificación hacia Las Furnias y Sanjuanito. No existen los apartamentos Altagay ni el faro.



Guamasa: Para terminar vemos una imagen de un lugar de la isla que ha permanecido casi inalterable a lo largo de los años y que sigo siendo un remanso de quietud en medio del ajetreado mundo en el que vivimos: el Paseo de las Acacias. En una imagen de los años veinte del siglo pasado posa para la cámara un grupo de personas de diversa condición social, sexo y edad. Llaman la atención las mujeres portando toneles para agua sobre la cabeza, tal como se hacía de manera tradicional en la isla. Hoy en día parece como si el tiempo se hubiese detenido. Sólo el esporádico paso de algún vehículo rompe la paz del lugar.

Hay muchísimas muestras más pero con estas imágenes hemos querido poner de manifiesto los profundos e irreversibles cambios que hemos introducido en nuestro paisaje, como consecuencia de un progreso mal entendido, desde los tiempos del desarrollismo, a partir del último tercio del siglo XX, y que algunos pretenden continuar en nuestros días.

lunes, 15 de abril de 2013

Lo que va de ayer a hoy

por Melchor Padilla

Con mucha frecuencia no somos conscientes de los cambios que se producen en nuestro entorno y, además, olvidamos con mucha rapidez qué había antes de esos cambios en el espacio geográfico en que nos desenvolvemos. Así, no es infrecuente que muchos de los habitantes de la zona metropolitana de Tenerife hayan olvidado cómo era el paisaje urbano de su propio barrio antes de, por ejemplo, la puesta en marcha de las obras del tranvía. Por ello en muchas ocasiones sólo nos queda la solución de ver antiguas imágenes de los sitios para recordar el aspecto que tenían hace unos años. Hoy en día, gracias a internet, tenemos a nuestra disposición medios para conocer cómo eran nuestras islas en un pasado no muy lejano.

En la red podemos encontrar imágenes fotográficas antiguas del archipiélago en sitios como la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (FEDAC), organismo autónomo dependiente del Cabildo de Gran Canaria, que mantiene un interesante fondo fotográfico de todas las islas. Aunque presenta algunos errores de identificación de lugares es una magnífica herramienta de trabajo para los interesados en conocer nuestro pasado. También hay que mencionar a un importante número de coleccionistas de imágenes antiguas que cuelgan éstas en la red para disfrute de los usuarios.

Otro importante recurso es el denominado Sistema de Información Territorial, que gestiona la empresa pública GRAFCAN de la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación Territorial del Gobierno regional, que consiste en un sistema único de gestión de datos geográficos y territoriales de Canarias al que se puede acceder a través de la página Infraestructura de Datos Espaciales de Canarias (IDECanarias). Esta página ofrece la posibilidad de consultar de forma gratuita a través de su visor fotografías satelitales de la actualidad, algunas de las cuales -las de las zonas urbanas- son en alta definición, y además, en su apartado de Fototeca, nos ofrece un conjunto de fotografías aéreas digitalizadas del archipiélago desde principios de los sesenta, lo que nos permite establecer comparaciones acerca de los cambios que se han producido en nuestro territorio insular. No obstante, desde hace poco los usuarios frecuentes de esta página nos hemos encontrado con la desagradable sorpresa de ver que en las imágenes de la fototeca aparece impresa repetidas veces la marca de agua con el logo de la empresa pública. Lamentable.

Veamos algunos ejemplos de los cambios que se han producido en nuestro paisaje:


Candelaria-Caletillas: Desarrollado a partir de los ochenta como ciudad dormitorio de Santa Cruz, el municipio de Candelaria ha sufrido un espectacular aumento de población que lo ha llevado a quintuplicar en pocos años su número de habitantes, pasando de 5.000 en 1960 a casi 25.000 en la actualidad. Todavía no existían ni los puertos ni la Central de Unelco de Las Caletillas.

Puerto de la Cruz: Si comparamos las dos imágenes podemos apreciar cómo era esta ciudad en los inicios del boom turístico. Todavía no están construidos la mayor parte de los hoteles de la avenida de Colón. Únicamente vemos el Hotel Valle Mar y frente a él la costa pues ni las piscinas de San Telmo ni, por supuesto, el lago Martiánez aparecen todavía. Todos los terrenos que hoy constituyen las urbanizaciones de la zona de La Paz se encuentran todavía plantados de plataneras.

Los Cristianos-Las Américas: Es quizá el ejemplo más espectacular del impacto urbanístico provocado por el desarrollo turístico. En la foto de los sesenta apreciamos el pueblo pesquero de Los Cristianos, en el que sólo aparece el muelle antiguo. Todavía no se ha llegado a formar la enorme zona urbana que se originó tras el despegue del turismo en el sur de la isla en los años setenta.

Todavía no existen Las Américas ni las playas artificiales creadas con mucha posterioridad. Este disparatado crecimiento urbanístico ha hecho que los municipios de Arona y Adeje, que comparten el gobierno de esta conurbación, pasaran de una población que no llegaba a 12.000 habitantes en 1960 a contar en la actualidad con más de 120.000.

La Vega de La Laguna: En la foto más antigua observamos una zona agrícola, posiblemente la mejor de la isla, que va desde la plaza del Cristo hasta Las Mercedes y que sólo era cruzada por la carretera de Tejina y el camino de Las Mercedes. El camino del Rayo une ambas, aunque todavía hay muy pocas casas construidas en él. En la imagen actual vemos cómo el proceso urbanizador avanza de manera inexorable. La Vía de Ronda aparece cortando en dos toda la vega y nos tememos que no tarden en abrirse transversales a esa vía.

Como podemos apreciar, en estos años se ha producido una enorme transformación en algunas zonas de Tenerife, ocasionada por el enorme aumento poblacional que trajo consigo el desarrollo turístico, que, en palabras de la profesora Domínguez Mújica de la ULPGC, ha provocado que hayan sido afectados algunos parajes de un gran valor ecológico y se haya modificado la dinámica natural de algunos espacios, alterando las mareas, la circulación de las arenas, haciendo peligrar la conservación de algunas especies endémicas y destruyendo la propia conformación orográfica de lomos y barrancos, con un tipo de edificación que no ha respetado la fisonomía original del territorio. En otras áreas el aumento poblacional y su repercusión en el territorio están afectando a zonas de gran interés agrícola.

Según cifras del Instituto Canario de Estadística (ISTAC), en cincuenta años Tenerife ha pasado de un número de habitantes que no llegaba a los 400.000 a contar en la actualidad con 900.000.

¿Puede seguir nuestra isla este ritmo de crecimiento?

lunes, 8 de abril de 2013

Alegranza y el trasatlántico 'Champlain'

por Agustín Pallarés Padilla

Hoy este blog se honra publicando la primera parte de un artículo que ya vió la luz por primera vez en el periódico LA PROVINCIA el 6 de junio de 1999. Su autor es Agustín Pallarés Padilla, farero que fue del faro de Punta Delgada de la isla de Alegranza, guía turístico y erudito investigador de la toponimia y la historia de Lanzarote. Aquellos lectores interesados pueden seguir sus trabajos en su blog Prehistoria, Historia y Toponimia de Lanzarote, Canarias


Desde hace mucho tiempo vengo acariciando la idea de dar a conocer al público lector, por el interés que estos temas suelen despertar, los pequeños ‘tesoros’ que en forma de documentos escritos tuve ocasión de encontrar dentro de botellas durante mi dilatada estancia en la islita de Alegranza.

El detonante que ha puesto en marcha la ejecución de este viejo proyecto ha sido el artículo publicado en este mismo periódico el pasado día 25 de abril por don Manuel González Quevedo bajo el título de Mensajes en botellas. Su lectura me hizo rememorar viejas vivencias de mi feliz estancia en aquella apartada islita, primero durante mi niñez con mis padres y hermanos y luego ya mayor con mi mujer e hijos estando destinado en el faro como lo estuvo mi padre. Allí he pasado años inolvidables entregado a la contemplación de la naturaleza en su estado más integral y puro cuando Alegranza era todavía un pequeño paraíso ecológico y un remanso de paz.

El primero de estos mensajes escritos es el que, pese a ser el más lejano en el tiempo, trae a mi memoria más vívidos recuerdos. Lo encontré cuando tenía sólo doce años de edad en uno de aquellos frecuentes ‘costeos’ que hacíamos mi hermano Antonio y yo recorriendo la orilla del mar en busca de ‘jallos’ o pecios flotantes arrojados a la costa por las olas, especialmente por el lado norte de la isla cuando era azotada por los pertinaces vientos alisios o ‘brisas’ de las Canarias. Fue en el lugar llamado La Juyona, a causa de la gran cantidad de cangrejitos conocidos por los pescadores con el nombre de ‘juyones’ por la rapidez con que huyen al intentar cogerlos, pues son muy apreciados como carnadas en la pesca del rey de nuestros peces de mesa, la vieja.

La emoción que nos embargó cuando nos dimos cuenta de que dentro de la botella, milagrosamente depositada sobre el suelo rocoso de la orilla sin haber sufrido daño alguno después de sortear numerosos escollos y peñascales empujada por el violento oleaje, había un papel en el que se percibía algo escrito fue enorme. Hay que tener en cuenta que ya por entonces teníamos la cabeza llena de exóticas aventuras que bebíamos en las muchas novelas que mi padre poseía. Entre ellas descollaban por su interés para nuestras mentalidades de adolescentes las de Julio Verne, y precisamente en una de ellas, la titulada Los hijos del capitán Grant, en la que se respiraba un ambiente que guardaba a veces algunos puntos de analogía con la clase de vida que llevábamos en la islita, se describía el hallazgo de un mensaje dentro de una botella que había sido extraída del estómago de un tiburón.

Con tan preciado trofeo en nuestro poder el tiempo se nos hizo poco para regresar a casa. Tan pronto llegamos al faro fue instalada la botella sobre una mesa presidida por mi padre con el resto de la familia expectante en torno a ella. Ante la imposibilidad de sacar el papel por el gollete sin causarle un grave deterioro se optó por sacrificar la botella rompiéndola. Afortunadamente el escrito era aún legible, pero estaba humedecido. Por tal motivo, para poderlo manejar con garantías de no causarle algún daño irreparable, hubo que ponerlo a secar sobre un cristal.

Tanto mi padre como mi hermano Manolo –el intelectual de la familia– dictaminaron sin esfuerzo cuál era el idioma en que venía escrito. Se trataba del francés. Incluso, pese a sus conocimientos elementales sobre esta lengua, no les fue difícil interpretar algunas de las palabras clave, dado su estrecho parecido con sus correspondientes españolas. La fecha del lanzamiento, por ejemplo, estaba clara. ¡Había tardado el mensaje en llegar hasta nosotros nada menos que un año y un mes! Tampoco ofrecía dudas el nombre del barco, el Champlain, no sólo por llevar mayúscula inicial sino, sobre todo, por ir precedido de la palabra ‘paquebot’.

Apenas cayó mi padre en la cuenta de este nombre exclamó dubitativo: “Pero, cómo, ¿no es este el barco que hundieron los alemanes hace unos días? Lo oí por la BBC de Londres. Si no era este el nombre se le parecía mucho”, sentenció.

Nos quedamos todos de una pieza sin saber qué decir, con una especie de angustia indefinida reflejada en el rostro. ¡Sería posible que hubieran muerto nuestros nuevos amigos epistolares en el naufragio?

Unas semanas más tarde vimos confirmada en la prensa la noticia del hundimiento del Champlain, aumentándose con ello nuestros negros presagios.

Para poder entender al completo la misiva oceánica nos hicimos en cuanto pudimos con un pequeño diccionario bilingüe. Después de algún esfuerzo y repetidas tentativas conseguimos traducirlo. Su contenido era el siguiente: “Esta botella ha sido lanzada el 3 de mayo de 1939 desde el paquebot Champlain yendo hacia el Havre (entre Nueva York y Plymouth. Todo iba bien a bordo. Saludos a quien tenga la suerte de encontrar esta botella. Enviado por dos grumetes (Bell-Boy) del buque Champlain. E-G y J-M”.

Como puede verse, ni siquiera traía dirección a la que poder enviar la noticia del hallazgo a sus remitentes.

Este fue el germen que hizo nacer en mí la afición por las lenguas extranjeras, lo que me facilitó cuando mayor el ser habilitado de Informador Turístico. Han sido muchas las veces que los clientes de habla francesa me han preguntado dónde había aprendido el idioma, a lo que les respondía que lo había conseguido sin salir de la isla, por mis propios medios, contándoles la influencia que había tenido en su aprendizaje un documento escrito en esta lengua que había encontrado dentro de una botella en una islita casi desierta siendo muchacho, quedando por lo general muy interesados con la singular historia. Hasta que un día, en 1994, unos pocos años antes de retirarme del ejercicio de la profesión de guía, una señora que iba en una de las muchas excursiones que he hecho en guagua con clientes de esta nacionalidad, al oír esta explicación del mensaje de la botella lanzada desde el buque Champlain me prometió indagar sobre la historia del barco. Y cumplió su palabra. 

Un par de meses más tarde de haberse producido nuestro encuentro en Lanzarote recibí una amable carta en que adjuntaba otra que ella misma había recibido de la Association Havraise des Amis de Paquebots, en la que, entre otras cosas, se daban sobre el Champlain los siguientes datos: Fecha de botadura, 15 de agosto de 1931; medidas, 195 m de eslora, 25 de manga y 9 de calado, con un desplazamiento bruto de 28.124 toneladas. Tenía capacidad para 639 pasajeros de 1ª clase, 317 de 2ª y 134 de 3ª, constando su tripulación de 551 hombres.

Su trágico final fue como sigue: el 12 de junio de 1940 rindió viaje en el puerto francés de Saint Nazaire procedente de Nueva York con algunos pasajeros a bordo y una importante carga de material de guerra. Ya por entonces habían comenzado los bombardeos aéreos alemanes sobre posiciones aliadas. Temiendo las autoridades marítimas francesas que el barco pudiera ser hundido en este puerto por los aviones enemigos y que lo obstruyeran, decidieron trasladarlo a la vecina bahía de La Pallice, a donde llegó el día 16 del mismo mes. La noche siguiente algunos aparatos alemanes sobrevolaron la rada dejando caer en ella varias minas magnéticas. En la mañana del día siguiente, al girar el barco sobre el ancla con la marea hizo explotar la cadena uno de estos ingenios militares ocasionando con ello el hundimiento del barco. Hubo como consecuencia de la terrible explosión once muertos y otros tantos heridos entre los miembros de la tripulación.

¿Se encontraban los dos muchachos entre las víctimas? Nunca lo he podido saber.


lunes, 1 de abril de 2013

Las antiguas chimeneas industriales de Tenerife

por Melchor Padilla


Se entiende por patrimonio histórico industrial el conjunto de elementos de explotación industrial, resultado de los procesos de producción y de la tecnología con que las distintas sociedades han resuelto, dentro de un determinado sistema socioeconómico, sus necesidades productivas. Es decir, este tipo de patrimonio incluye los restos de materiales del proceso industrializador que es conveniente conservar para la memoria de la actividad económica del pasado.

Pese a que en nuestro archipiélago no se produjo un proceso de industrialización muy importante contamos, todavía, con vestigios de alguna de las actividades industriales que se llevaron a cabo en gran parte del siglo XX. Abandonados posteriormente tras sufrir procesos de desindustrialización o por cese de la actividad, son testimonio de unas actividades económicas que ya no se ejercen. Entre estos restos nos referiremos hoy a unos pocos ejemplos que han sobrevivido de la actividad industrial del siglo XX en Tenerife: las chimeneas industriales.

Azúcar. En el municipio de Los Silos en la playa de La Sibora se yergue junto al mar una gran chimenea construida en piedra de dos colores, una parte inferior de basalto negro y otra superior de piedra más clara que aún conserva restos del enlucido oscuro que la cubría. Junto a ella se hallan dos naves, una perpendicular a la otra. Es lo que queda del ingenio azucarero de la compañía inglesa Igller que, a comienzos del siglo XX, realizó el último intento de relanzar el sector azucarero que tanta importancia había tenido en la historia de la isla. Funcionó durante algunos años hasta que fue cerrada porque los propietarios de las plantaciones sustituyeron la caña por el plátano. Por aquellos años hubo otra fábrica de azúcar en la Punta del Hidalgo que duró hasta 1916.

Electricidad. Otra de las chimeneas históricas que han llegado hasta nuestros días se encuentra en el barrio lagunero de La Cuesta. En su momento formó parte del conjunto de la estación y cocheras del antiguo tranvía que unió Santa Cruz con Tacoronte hasta 1956 en que cesó en sus servicios. Levanta su esbelta figura de ladrillo rojo hasta los 35 metros de altura y fue en su momento parte de la central termoeléctrica mediante combustión de carbón que calentaba una caldera Piedboeuf importada de Bélgica y que proporcionaba la energía suficiente para mantener las líneas en tensión. Aunque en nuestros días forma parte del paisaje urbano como mero elemento testimonial, cuando se remodeló la zona para crear una plaza y un centro socio-cultural, se conservó, con buen criterio, la chimenea de la estación que ha pasado a convertirse en un elemento emblemático del barrio de Arguijón.

Azufre. La última de las chimeneas que ha llegado hasta nuestros días se encuentra en Taco. Es la más alta de las tres y perteneció a la empresa Unión Azufrera S.A. que, hasta principios de los años ochenta del pasado siglo, producía en la isla azufre tanto sublimado como molido y micronizado, que se usaba fundamentalmente en la agricultura. En las antiguas dependencias de la Azufrera, hoy convertidas en locales industriales y comerciales, podemos observar todavía los restos de los hornos de la antigua fábrica en los que quedan señales de la presencia del azufre.

Existieron en su momento otras chimeneas en la isla como la del conjunto de bombeo de agua para usos agrícolas de La Gordejuela en Los Realejos y también la de la "Compañía Eléctrica e Industrial de Tenerife", que más tarde se convertiría en Unelco, situada en Santa Cruz en la Autovía de Conexión TF-4, detrás de la iglesia de la Concepción, y que es en la actualidad un solar murado. De ambas sólo queda el recuerdo de viejas fotografías.

Sin legislación que las proteja. No obstante el interés de estas estructuras industriales, existen serias dificultades para su conservación pues la Ley 4/1999, de 15 de marzo, de Patrimonio Histórico de Canarias no incluye entre los elementos a ser protegidos los bienes patrimoniales industriales.

En el año 2000 el Ministerio de Cultura puso en marcha un Plan de Patrimonio Industrial, a través del Instituto del Patrimonio Cultural de España, que tenía como fundamento la necesidad de protección y conservación de un patrimonio que, por su propia especificidad, presenta un rápido deterioro y está expuesto a desaparecer. Dentro de este Plan se solicitó a las distintas comunidades autónomas que aportaran una lista de bienes patrimoniales susceptibles de intervención. Canarias no presentó ninguno.

Ante este hecho, la diputada de Coalición Canaria Dulce Xerach Pérez hizo una pregunta en el parlamento regional a la Consejera de Educación quien respondió textualmente que "Las declaraciones que afecten a bienes inmuebles se tienen que efectuar de acuerdo a las categorías contenidas en el artículo 18.1 de la Ley 4/1999, de 15 de marzo (BOC nº 36, de 24/3/99), y el patrimonio industrial no figura entre las mismas. En consecuencia, no se están estudiando propuestas del referido patrimonio".


No obstante, en un borrador presentado hace cinco años sobre un futuro Proyecto de Ley de Patrimonio Cultural de Canarias sí aparece contemplado este concepto y en él se integran los bienes muebles e inmuebles que constituyen manifestaciones del pasado tecnológico, productivo o de ingeniería. Se especifican las fábricas, las edificaciones o las instalaciones y, también, los vehículos, las máquinas, los instrumentos y las piezas de ingeniería que son expresión y testimonio de sistemas vinculados a la producción técnica e industrial, aún cuando hayan perdido su sentido práctico y permanezcan sin utilizar.

No sabemos nada del estado de la tramitación de esa ley y, mientras tanto, mucho de este legado está sometido a un deterioro creciente pues, de acuerdo con la legislación vigente en Canarias, no puede ser declarado objeto de protección.

¿Para cuándo la nueva Ley de Patrimonio Cultural de Canarias?