“Todo lo antiguo se va derruendo; todo lo antiguo, que es lo que evoca el recuerdo grato de lo pasado y nos proporciona las emociones más íntimas en nuestras almas, toma el rumbo de desaparecer”

Don Amado Riverol, anciano marino, capitán de puertos y comandante militar del trozo de Orotava, que en un tiempo, llegó a ser alcalde del Puerto de la Cruz. (Del blog "Canarízame")

lunes, 25 de febrero de 2013

El abanico de Fafa

por Melchor Padilla


El mes de enero de 2011 se cumplió el cincuenta aniversario de un episodio que, por lo sorprendente en aquellas fechas, sacudió a la opinión pública mundial. La madrugada del 21 al 22 de enero de 1961 el trasatlántico de bandera portuguesa Santa María, perteneciente a la Companhía Colonial de Navegaçao (que cubría regularmente la ruta Caracas-Lisboa-Vigo), fue secuestrado en alta mar por un grupo de 24 hombres armados bajo la dirección del militar portugués Henrique Galvâo. Dicho grupo estaba compuesto por militantes antifascistas portugueses y españoles que, bajo las siglas del DRIL  (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación), pretendían con esta acción denunciar ante el mundo las dictaduras ibéricas de Franco y Salazar.

Como es de suponer, en un buque que hacía ese trayecto venían pasajeros canarios, pues eran los años más intensos de la emigración a Venezuela. Así, tenemos constancia por la prensa de la presencia de algunos de ellos en la nave. Pero en el buque se encontraba también una tinerfeña de Santa Cruz que guardó, durante años, un relato pormenorizado de los acontecimientos del secuestro.

Se llamaba Rafaela Pérez Ares, aunque en su círculo familiar y afectivo era más conocida como Fafa. Nacida el año 1907, vivió la mayor parte de su vida en la calle de Santa Rosalía de Santa Cruz de Tenerife y trabajó desde joven como administrativa en dos empresas santacruceras hasta que éstas cerraron, lo que, unido a su viudedad y a la necesidad de sacar a la familia adelante, hizo que se desplazara a Venezuela en los años cincuenta.

Es a su retorno definitivo cuando decidió tomar el trasatlántico, entre otros motivos porque iba a hacer escala en Miami y esto le hacía mucha ilusión. El buque zarpó el día 20 de enero y la mañana del 21 hizo una primera escala en Curazao, donde desembarcaron. Se hizo a la mar de nuevo y esa misma noche se produjo el secuestro.

El día 25, con la incertidumbre de poderla enviar, escribió una carta para tranquilizar a sus hijos en la que relata el modo en que sucedió todo y expresa sus opiniones acerca de tales acontecimientos. Cuenta que la mañana del 22 se convocó por megafonía al pasaje para dirigirle un mensaje de los secuestradores. Se les dijo que "el comandante estaba detenido en su camarote, que no habríamos de sufrir molestia alguna, ya que se estaban gestionando negociaciones para dejarnos en el primer puerto; nos pedían disculpas y nos prometieron que todo terminaría pronto".

Fafa cuenta una anécdota curiosa que le sucedió en los primeros días del secuestro. El 25 de enero se dirigió al puente para mandar un radiotelegrama a su familia. Conseguido su objetivo, al salir perdió el equilibrio y se abrazó a un hombre próximo a ella que resultó ser el capitán Galvâo, lo que provocó no pocas bromas por parte de otros pasajeros.


Nuestra protagonista valora críticamente el papel del gobierno español en aquellos difíciles momentos. Afirma que "España no se ha ocupado de nosotros absolutamente para nada… Es una pena y una vergüenza pero una realidad muy grande". Y termina diciendo "¿Ésta es España, nuestra España por la que los nuestros han dado su sangre y su vida?". El régimen franquista estaba más interesado en convertir el hecho en un cuento de piratas, por lo que la prensa española de la época trató el asunto como si fuera una cuestión portuguesa.

A los pasajeros les llegaban, a través de la radio, noticias del exterior en las que se falseaba el comportamiento de los autores del secuestro. Pero para Fafa "las personas que lo dirigen son cultas e inteligentes, viejos políticos exiliados desparramados por el mundo". Y añade: "Con nosotros se portan muy bien, es ridículo cuanto han dicho las radios".

El secuestro se resolvió tras la mediación del gobierno estadounidense, algunos de cuyos navíos de guerra seguían al Santa María desde hacía varios días. El representante de ese país, el almirante Smith, subió a bordo del navío e inició las negociaciones para dar fin al secuestro. Se llegó a un acuerdo con el Gobierno de Brasil, pues gracias a la intervención del elegido por aquellas fechas presidente, Janio Quadros, se les otorgó asilo político a Galvâo y a sus hombres y se permitió que los pasajeros fueran desembarcados en el puerto de Recife.

El 30 de enero se invitó a los pasajeros de Primera y Segunda a una cena y fiesta de despedida que fue presidida por el capitán Galvao. Al terminar ésta, algunos pasajeros se dirigieron al jefe del comando y le solicitaron que les firmará el menú de la cena. No obstante, Fafa le presentó para que firmara en él un abanico regalo de su hija, que la familia ha conservado hasta nuestros días. En él podemos apreciar, sobre una escena bucólica en la que aparece pintada una barca llena de jóvenes mujeres, la rúbrica del militar portugués.

El día 2 de febrero se resolvió de manera feliz el secuestro del Santa María. Los pasajeros fueron desembarcados en el puerto de Recife y embarcados en los días siguientes hacia sus destinos. El trasatlántico Vera Cruz, gemelo del Santa María, fue el encargado de transportar a los viajeros canarios hacia el puerto de Santa Cruz, adonde llegaron el día 10 de febrero.

Todos estos recuerdos se los dejó Fafa a su familia relatados en unas páginas llenas de emoción que tituló "Yo viajé en el Santa María cuando fue abordado por Galvâo y los suyos". que constituyen un testimonio de primera mano de aquellos hechos en los que estuvo presente una valiente mujer canaria: Rafaela Pérez Ares.


lunes, 18 de febrero de 2013

Interés público y propiedad privada: la Casa Amarilla del Puerto de la Cruz

por Melchor Padilla

Escribí este artículo hace ya casi tres años pero lo reproduzco de nuevo tal como se publicó en su momento en Lo que pasa en Tenerife. Después de este tiempo las circunstancias no han variado apenas y allí sigue la Casa Amarilla del Puerto de la Cruz como testimonio de la inoperancia y desidia de nuestras autoridades.



Hace poco, la prensa se hizo eco de la noticia de que la Facultad de Psicología de la Universidad de La Laguna exigía la expropiación y la restauración de la edificación conocida como la Casa Amarilla del Puerto de la Cruz. El inmueble se encuentra en la finca La Costa, en la Costa Yeoward, muy cerca de la urbanización La Paz. Esta zona estuvo ocupada hasta no hace muchos años por cultivos de plataneras que han ido desapareciendo para ser destinados a construir urbanizaciones de lujo.

La importancia de la casa de la que hablamos radica no en su valor -es una típica casa canaria de dos plantas construida a principios del siglo XX por Melchor Luz, alcalde de la ciudad en aquellos tiempos-, sino porque en ella se desarrollaron experimentos de comportamiento animal que dieron origen a la escuela de la Gestalt , una de las más importantes de la moderna Psicología.

La historia comienza en 1912, cuando se funda en el Puerto de la Cruz, bajo los auspicios de la Academia Prusiana de Ciencias de Berlín, la Estación de Antropoides de Tenerife. Tenía como objetivo la investigación de los aspectos psicológicos y fisiológicos del cerebro de los primates, con el fin de aplicar los resultados al conocimiento de la evolución de la función cerebral y del psiquismo humano.

El primer director de la estación fue Eugen Teuber, que en 1913 alquiló la casa y el huerto aledaño para instalar allí a un grupo de siete chimpancés con el que comenzó los experimentos. No obstante, en diciembre del mismo año retornó a Alemania, siendo sustituido en la dirección del centro por Wolfgang Köhler, que realizó una serie de experiencias en las que se planteaba a los animales problemas que debían resolver. Los más conocidos son los relacionados con la obtención de comida mediante el apilamiento de cajas o el ensamblaje de cañas. Tras la publicación del libro La mentalidad de los monos, los experimentos de la Casa Amarilla alcanzaron renombre mundial.

No obstante, las circunstancias históricas de la época –el estallido de la Primera Guerra Mundial y la posterior derrota de Alemania- hicieron que el centro primatológico fuera primero trasladado y luego cerrado. Köhler se marchó a su país, de donde partiría en 1935, huyendo del nazismo, a los Estados Unidos para impartir clases en distintas universidades. En 1956 fue elegido presidente de la Asociación Americana de Psicología.


En fotografías de los años sesenta y setenta podemos apreciar cómo fue la casa cuando aún no estaba arruinada y conservaba la cubierta. Aparecía todavía rodeada de plataneras, pero a partir de los noventa se abandonó la agricultura, pues en toda la zona de La Paz comenzó un proceso de urbanización que no ha parado hasta nuestros días. El abandono hizo que la casa entrara en declive.

En los años 90, la Fundación Wolfgang Köhler inició una intensa campaña para tratar de conseguir que el edificio fuera declarado Bien de Interés Cultural, lo que se logró en 1999 otorgándosele la categoría de Monumento. En el decreto de declaración se describen los estragos que el tiempo había ocasionado en la Casa Amarilla: "Se ha producido el derribo de la cubierta y primer forjado, realizándose trabajos de demolición en el interior del inmueble, el cual se ha convertido en una mezcla de enseres abandonados".

Sin embargo, esta declaración sufrió un duro revés, ya que los propietarios de la finca, la entidad mercantil Canary Property Promotions, presentaron un recurso, que ganaron, basándose en que la categoría de Monumento no era la procedente, estimándose como más apropiada la de Sitio Histórico. La declaración se retrasó hasta que, por fin, en 2005 se volvió a adjudicar considerándola de esta última forma.

Estamos, pues, ante otro ejemplo de enfrentamiento entre el interés general y la propiedad privada que las autoridades no son capaces de resolver. El incumplimiento manifiesto de la Ley 4/1999, de 15 de marzo de Patrimonio Histórico de Canarias es evidente, pues no se respetan ni el artículo 52 que establece el deber de conservación, restauración y custodia por parte de los propietarios, ni el acceso público a los bienes de interés cultural que señala el artículo 28. En el primer caso, esto se pone de manifiesto en el deterioro del inmueble y, en el segundo, los dos accesos a la propiedad exhiben sendos letreros de prohibición de paso y la casa se halla permanentemente vigilada por dos fieros perros.

Ha habido un movimiento de la comunidad científica internacional en pro de la restauración de la casa y su conversión en un museo que choca con el casi absoluto desconocimiento que tenemos en la isla sobre la importancia de este sitio: cuando ardió en el verano de 2008 la Casa de San Fernando o El Robado, algún medio local publicó la noticia atribuyéndole erróneamente la presencia de Köhler y sus trabajos con los simios.

Al escribir este artículo somos conscientes de que no hemos descubierto nada nuevo a muchas personas interesadas en los temas que se refieren a nuestro patrimonio histórico, artístico y cultural, pero queremos unir nuestra voz a las de muchas personas e instituciones que llevan años desarrollando una larga lucha para lograr que los ciudadanos de la isla y de fuera puedan conocer la importancia de este edificio y lo que representa en la historia mundial de la ciencia.

NOTA: Este es un vídeo de La Calima donde pueden apreciar algunas vistas del edificio y del estado en el que se encuentra.


lunes, 11 de febrero de 2013

Las Teresitas de antaño y los Duques de Würtemberg

por Charo Borges

En agosto de 2011 se publicó este reportaje en Loquepasaentenerife.com. Su autora ya ha publicado con anterioridad en este blog por lo que es suficientemente conocida por nuestros lectores. Pueden seguir el resto de sus artículos en sus blogs Paseando por la ciudad y Sin titulares.



En estos últimos días, la playa de Las Teresitas ha recobrado actualidad, porque el nuevo concejal responsable del área ha dispuesto su mejora, por medio de la remoción de determinadas zonas. En estas fechas, todo el que vaya por allí se encontrará brigadas de trabajadores dedicadas a reparar, aunque sea un poco, muchas de las deficiencias que muestra la citada playa. Quien esto les cuenta lleva acudiendo a ella hace más de cuarenta años y casi a diario. Haga sol, viento, lluvia o esté nublado. Por eso, he visto cómo la han ido transformando. Merece, pues, hacer algo de historia sobre ella.

Este rincón del litoral chicharrero se encuentra a unos ocho kilómetros de Santa Cruz de Tenerife y hasta los primeros años 70 era de fina arena negra, propia del asentamiento basáltico de gran parte del norte y noreste de esta isla tinerfeña. Hasta entonces, no existía ninguna clase de escollera que contuviera las fuertes corrientes marinas del invierno y, con la marea baja, - excepto en esa estación del año -, había una magnífica y amplia alfombra de arena que llegaba hasta una ancha franja de callaos de todo tamaño. Esos callaos llegaban hasta la base de los riscos que, a modo de pared, siguen jalonándola a todo lo largo. Cuando la pleamar estaba en su punto más alto, alcanzaba el borde de aquella zona de cantos rodados, pero apenas los cubría.

Dentro de este espacio de piedras había algunas construcciones que podríamos calificar de prefabricadas, con la excepción de una hermosa y recoleta residencia de dos plantas, que se encontraba poco antes del final de aquel gran arco natural. En el inicio y a la derecha de la playa, estaban el campo de fútbol y el minúsculo cementerio del cercano barrio de San Andrés. A la izquierda, un amplio chiringuito hecho de cañas y madera, propiedad de D. José Ramos. Fue punto de encuentro obligado, entre los que frecuentaban el lugar, para tomarse un buen arroz amarillo con mero o bocinegro frescos o unos calamares en anillas, casi vivos. Para acompañarlos, vino del país o cerveza bien fría. Se mantuvo en pie hasta no hace mucho tiempo.

Desde San Andrés, algo más allá del castillo caído, partía una pista de tierra que transcurría a lo largo de los laterales del campo de fútbol y del cementerio y desembocaba en una explanada, delante del Bar Ramos, hasta la que podían llegar los coches. Para adentrarse y llegar a la arena, había que hacerlo a pie. El que quisiera acceder directamente al final de la playa, tenía que bajar, - también a pie -, por otra pista de tierra, que arrancaba en la curva siguiente a los semáforos que hoy se encuentran en el acceso a Las Teresitas y su cruce con la carretera que se dirige a Las Gaviotas e Igueste de San Andrés. De ese camino, apenas quedan vestigios debido a los movimientos de tierra que se han hecho a lo largo de los anteriores intentos de transformación de la playa. Era relativamente corto y pasaba por detrás de aquella única edificación formal que se encontraba cerca de donde terminaba la playa.

Las únicas referencias de la ubicación de la citada vivienda, que se conservan hoy, son los dos grandes laureles de Indias, que están al borde del nivel de aparcamientos más alejado de la arena,- entre los accesos 7 y 8 - y un trozo del parapeto que defendía la construcción del oleaje de las mareas altas. Más atrás, aún hay restos de los muros que la sustentaban y protegían de la montaña, así como parte de los pisos de sus estancias.

Hay que tener en cuenta que el estacionamiento actual se levantó sobre el que, en la primera fase de transformación, fue de tierra y, éste, sobre la antigua explanada de arena, por lo que el mencionado parapeto era más alto que lo que hoy queda de él. Los laureles, hace cerca de cincuenta años, eran bastante más pequeños y estaban integrados en el bonito jardín que formaba parte de la gran terraza que antecedía a aquella casa. También había árboles frutales y, en particular, recuerdo un magnífico aguacatero, en la parte de atrás, que llamaba la atención por el buen aspecto de sus frutos.

Los propietarios de aquella especie de palacete, al borde del mar, fueron una princesa y un duque, que, por largas temporadas, disfrutaban de las excelencias de nuestra eterna primavera. Es probable que algunos de nuestros lectores recuerden que se trataba del matrimonio formado por la Princesa Diana de Orleáns, hija de los Condes de París, y el Duque Karl de Würtemberg, hijo de Felipe Alberto, Duque de Württemberg y antecesor en el mismo título. Ella tenía entonces 20 años y él, 24.

En Septiembre de 1960, ambos pasaron algunos días de su luna de miel en aquella desaparecida vivienda. Se habían casado, en Alemania, el 21 de Julio del mismo año y, desde allí, iniciaron su viaje de novios por varios lugares del mundo. Uno de ellos fue este pequeño, pero incomparable rincón, según sus propias palabras. Habían llegado a nuestra isla casi de incógnito. Tanto, que algún periodista local que sabía del acontecimiento reciente de su boda, trató de confirmar su presencia en estas tierras, en el consulado alemán, y siempre se le dijo que no sabían nada. Era la consigna ordenada desde su país, para preservar la intimidad de la real pareja. Pero, como "el que la sigue, la consigue", ese mismo periodista vio premiada su tenacidad, logrando una entrevista en exclusiva, en el mismo escenario en que vivían los Duques.


Junto con el fotógrafo, - alemán, por cierto -, después de varios intentos de contactar con la pareja, lograron acceder a su residencia de Las Teresitas. En aquellos tiempos, no se estilaba contar con una férrea protección como la que proporcionan los guardaespaldas de hoy en día, y si los sujetos, objeto de la entrevista, eran amables y educados, el acercamiento a su domicilio solía tener un final provechoso. Fue lo que le ocurrió a Martin Herzberg y a Vicente Borges, profesionales colaboradores del diario La Tarde.

Según relata Borges en la publicación de la entrevista, fueron atendidos con mucha cordialidad y cortesía al exponerles su deseo de mantener una conversación con ellos. La sorpresa fue descubrir que a la primera pregunta formulada en alemán por M. Herzberg, la princesa contestó en un español prácticamente perfecto. La charla surgió fácil y fluida, a partir de aquel momento. Les explicaron que su presencia aquí, además de formar parte de su periplo de celebración de la boda, se debía a que querían acabar de equipar la casa y para ello, también se encontraban en ella los padres del Duque, que habían llegado en la víspera y estarían allí por más tiempo. Ella se mostró encantada con lo poco que había visto de nuestra tierra y, aunque salían hacia Portugal al día siguiente, tenían ya previsto regresar en 1961, para pasar dos o tres meses y conocer a fondo las islas. El Duque ya había estado en Tenerife, años antes, y le llevaron a ver el Teide. Se quedó tan impresionado que esperaba volver con Diana, para que ella lo conociera. Tenían fama de ser muy sencillos y afables y se cuenta que hoy continúan siéndolo. Recuerdo haberles visto en más de un verano, acompañados de sus primeros hijos, asomados a la terraza de su residencia.

Para completar esta crónica, me van a permitir que les haga una semblanza de cada uno de ellos, porque, en especial la de la princesa, la descubre como un personaje interesante. Diana de Orleáns, princesa de Francia, nació en el Brasil, en la ciudad de Petrópolis, en Marzo de 1940. Es la sexta de once hermanos y tuvo seis hijos con el Duque de Würtemberg. Su infancia transcurrió entre Marruecos, España y Portugal. Durante los años de la II Guerra Mundial, sus padres se vinieron a vivir a Pamplona con toda su familia y de ahí su dominio de nuestra lengua. Desde niña, nunca se manifestó como una princesa al uso y su personalidad la ha hecho romper el molde, generalmente estereotipado, de estas figuras monárquicas. Toda su vida ha sido una enamorada de las Artes, en especial, de la Pintura y siempre se ha dedicado a practicarlas con total entrega. El mundo de la escultura, en sus distintas técnicas, no le es desconocido, y una peculiaridad suya es la creación de muñecas artesanales. Expone sus obras por todo el mundo con la finalidad de venderlas y destinar, todo lo ganado, a las muchas fundaciones que auspicia, patrocina y preside. Están dedicadas a la nutrición, salud y educación de niños enfermos y desafortunados, de todo el planeta.

Su esposo, Karl, Duque de Württemberg, nació el 1 de agosto de 1936, en Friedrichshafen, en el estado alemán de Baden-Württemberg. A raíz de la renuncia de su hermano mayor, Luis, se convirtió en Jefe de la Casa Real de este estado. Se doctoró en Leyes y, desde siempre, se ha dedicado al mundo empresarial y a la administración del amplio patrimonio familiar. Su hobby preferido ha sido la fotografía y se caracteriza por su defensa y conservación de la fauna y vegetación de los grandes bosques que han formado parte de sus propiedades. Actualmente, a sus 71 y 75 años, respectivamente, viven entre Alemania y Mallorca, donde hace más de 30 años que pasan gran parte de su tiempo, en su residencia de Esporles.

Las imágenes que ilustran la presencia de los Duques en la antigua playa santacrucera, las he escaneado de la entrevista concedida a Vicente Borges y de la cual conservo un ejemplar del miércoles, 28 de Septiembre de 1960. No en balde era mi padre y, en gran cantidad de ocasiones, disfruté del privilegio de acompañarle a muchas de sus entrevistas, aunque, esta vez, me la perdí. En dos de esas imágenes, se puede observar, como fondo, el roque de San Andrés, sin las numerosas viviendas que hoy trepan por él. La foto en color muestra al matrimonio en la actualidad y, como todos los mortales, el tiempo también ha pasado por ellos y ha dejado las huellas de las canas, las arrugas y el sobrepeso. Sus muchos títulos nobiliarios, su gran patrimonio y sus posesiones no les han librado de nada.

lunes, 4 de febrero de 2013

La isla de J.J. Williams

por Melchor Padilla

A lo largo de su historia las islas han recibido a viajeros extranjeros que nos han dejado sus impresiones, escritas o dibujadas, acerca del archipiélago y sus habitantes, lo que nos ha permitido conocer cómo eran nuestra naturaleza y cultura vistas por otros ojos. Muchos de ellos demostraron un interés científico por las Canarias que los llevó a investigar con profundidad diversos aspectos no sólo de su relieve, vegetación y fauna sino también los relacionados con su historia. Entre todos, no obstante, debemos destacar las inmensas figuras del francés Sabino Berthelot y del inglés Philip Barker Webb.


Ambos llevaron a cabo una ingente labor investigadora que se concretó en la obra Historia Natural de las Islas Canarias, publicada entre 1836 y 1850, en la que tratan de sistematizar el conocimiento de campos tan variados como la Etnografía, la Historia de la Conquista, la Geografía, la Geología, la Zoología y la Botánica, entre otras disciplinas. La obra está ilustrada con un gran número de grabados que nos retratan la isla que ellos vieron y que describen. Muchos de estos grabados están realizados a partir de los dibujos que hizo el inglés J.J. Williams, que en una parte de la Historia Natural llamada Misceláneas Canarias nos da un retrato fiel de la isla en aquellos años de finales del primer tercio del siglo XIX.

Poco o nada sabemos de él aparte de su origen inglés y que vivió en Tenerife, posiblemente en La Orotava, por aquellos años, y que acompañó a Berthelot y Barker Webb -que en la imagen que encabeza este artículo aparecen retratados por Williams en el bosque de Aguagarcía- en sus andanzas por las islas, dibujando de forma detallada sus paisajes rurales y urbanos. Estos dibujos nos han permitido tener un conjunto de postales que nos muestran cómo era esta tierra en esos lejanos años y nos permite estudiar qué diferencias hay entre aquellas imágenes y la actualidad. Veamos algunos ejemplos.


Garachico: El dibujo está hecho en la plaza del Ayuntamiento, justo desde la esquina con la calle Sol, y en él contemplamos desde la fachada de la iglesia del convento franciscano de Nuestra Señora de los Ángeles hasta la Casa-Palacio de los Condes de La Gomera que aparece en estado ruinoso. La misma plaza presenta signos de abandono pues las hierbas aparecen ocupando parte de su suelo. Vemos a una serie de personajes entre los que destacan dos frailes y algunos campesinos. En la actualidad el antiguo convento ha sido transformado en casa de la cultura y biblioteca. A continuación están el edificio del ayuntamiento y el palacio que ha sido restaurado no hace mucho. Más a la derecha vemos los árboles de la plaza de la Libertad.


Güímar: De esta ciudad sureña Williams trazó un dibujo de la plaza de San Pedro. En una amplia explanada de tierra vemos al fondo la fachada de la iglesia parroquial con sus característicos remates lobulados y, tras ella, la torre del campanario que en aquellos años estaba recién construida. En primer plano junto a un muro conversa una pareja de campesinos mientras otro conduce a su mulo plaza arriba. Otros personajes charlan junto a la puerta de la iglesia. En nuestros días, modernos edificios de pisos han sustituido casi totalmente a las antiguas casas canarias tradicionales y se ha cubierto de enlosado la explanada, que presenta un estado de deterioro considerable. Se ha arbolado toda la plaza, lo que impide contemplar la fachada de la iglesia.


Vista del Teide y del valle de La Laguna: La imagen fue dibujada desde lo que hoy es la carretera que conduce al monte de Las Mercedes, justo donde se encuentra una parada de guaguas, un poco por encima del restaurante Casa Domingo. En ella apreciamos en primer plano a la derecha un grupo de campesinos que parecen conversar en el camino mientras que a la izquierda otro se aleja vereda arriba a lomos de su montura. Más abajo, vemos la vega y las estribaciones montañosas que la rodean por su lado norte, más allá el monte de la Esperanza y al fondo el Pico, como lo llama el dibujante. Hoy el paisaje ha variado poco desde esta perspectiva. Si acaso hay más vegetación , pues ya no se corta leña para uso doméstico, y en el valle aparecen a lo lejos más edificaciones.


El rincón de Gracia: En La Laguna, Williams se detiene a dibujar el paisaje de la curva de Gracia. En primer plano, enmarcado por una vegetación de matorrales y piteras, un joven caballero con su escopeta se dispone a cazar acompañado de sus dos perros. Tras él, al otro lado del barranco del Gomero, aparece la hoy conocida como casa de los Estévanez, que en la época en que pinta Williams es propiedad de los antepasados de éstos, la familia de origen irlandés Murphy-Meade. Más atrás se alza la ermita de Gracia que todavía conserva su balconada en la cabecera y su nave octogonal. A lo lejos, en la cima de una colina, se divisa la ermita de San Roque. En la actualidad todo es muy diferente, pues la llegada a Gracia de las monjas Oblatas, que instauraron allí el reformatorio femenino, se tradujo en el destrozo sistemático de ese bello entorno, primero derribando la cabecera de la iglesia y el balcón en los años 20 del pasado siglo y después edificando en los setenta un enorme edificio de pisos que rompió para siempre la belleza del lugar. 

Estos son unos ejemplos de la evolución de algunos lugares de la isla, desde que los visitó Williams hasta nuestros días, que nos tienen que animar en la lucha por la conservación de nuestro patrimonio urbano y rural.