lunes, 26 de noviembre de 2012

El cáncer que un ayuntamiento no quiere curar

por Álvaro Santana Acuña

Hace ya algún tiempo, en una entrevista que le hice para loquepasaentenerife.com, lo presenté diciendo que “Una crítica voz trata de poner desde hace algún tiempo un poco de lucidez en el confuso panorama de la conservación del patrimonio histórico y cultural de La Laguna insistiendo sobre todo en la defensa de su patrimonio más humilde: las casas terreras”. Hoy en nuestra sección de Artistas invitados tengo el honor de publicar un artículo del joven historiador y sociólogo de la Universidad de Harvard, el lagunero Alvaro Santana Acuña a quien pueden seguir en su blog Observatorio del patrimonio.


Imagínese que, mañana por la mañana, usted se levanta y frente al espejo se descubre una pequeña mancha roja en el cuello. Una semana después la mancha no ha desaparecido y decide acudir al centro médico. El doctor le dice que no se preocupe. Aunque él sólo se limita a examinarle la piel y recetarle una pomada. Un par de días más tarde, la mancha desaparece. Pero debajo de la piel usted siente un bulto. Espera otra semana. El bulto crece y usted vuelve al doctor, quien le dice: “No es nada. Usted siga poniéndose la pomada”. Y como no tiene ninguna mancha en el cuello, a los cinco minutos, el doctor le manda para casa.

Transcurren dos meses y aún sigue untándose la pomada en el cuello. La mancha no ha reaparecido. Pero el bulto sigue creciendo. Al cabo de medio año, a usted se le informa que el bulto es en realidad un agresivo cáncer de cuello. El oncólogo le confiesa que, con suerte, le queda un año de vida y que su cáncer podría haberse parado a tiempo. ¿Qué pensaría usted del doctor que le recetó la pomada quitamanchas?

El ayuntamiento de La Laguna receta la misma pomada quitamanchas a los edificios del centro histórico de la ciudad. Su oficina de gestión del centro histórico, encabezada por la señora Cerrillos, actúa como un médico negligente: sólo le importa que la piel de su paciente no tenga manchas, es decir, que las fachadas de las casas, los jardines de las plazas y las calles adoquinadas estén bonitas e inmaculadas.

En realidad, como denuncio desde 1999 , a dicha oficina le importa muy poco, pero realmente muy poco, que un cáncer esté creciendo en el centro histórico. Si un ciudadano acude a la oficina de gestión para quejarse de un problema en su casa histórica, allí mismo le recetarán la pomada quitamanchas y le mandarán para su casa; como me sucedió en junio de 2008.

Antes de explicarles lo sucedido en 2008, mencionaré un caso más reciente, de junio de 2011. El artista Gervasio Arturo Cabrera pintó un mural en la puerta del garaje de la sala de arte Conca, situada en el número 21 de la plaza de la Concepción, o sea, en pleno centro histórico. La oficina de gestión denunció el mural como una infracción “grave” del plan especial de protección del centro histórico. Por tanto, el ayuntamiento ha abierto expediente al dueño de la Sala Conca.

Mi objetivo no es valorar la calidad artística del mural, sino demostrar que para la oficina de gestión del centro histórico el mural es una “mancha” sobre la que debe aplicarse la pomada quitamanchas. Lo que ocurre debajo de la mancha no le interesa; como me demostró en junio de 2008. En ese entonces, la oficina de gestión legalizó un verdadero atentado patrimonial: la intervención gravísima sobre los restos supervivientes de un callejón del siglo XVI. Para mayor vergüenza de la oficina de gestión, la entrada del callejón se encuentra a menos de treinta metros del mural de la Sala Conca, es decir, al otro lado de la plaza de la Concepción entre los números 3 y 4.


En un artículo publicado en junio de 2008 alerté del peligro de perder los restos del callejón del siglo XVI. Además expliqué su gran importancia histórica y elaboré una detallada propuesta para su recuperación. Pero nunca he contado lo más triste de aquellos días de junio: cómo me trataron en la oficina de gestión.

El lunes 16 de junio de 2008 me personé en dicha oficina para advertirles de que las obras de restauración del inmueble número 4 de la plaza de la Concepción ponían en riesgo los restos del callejón. Mi sorpresa fue mayúscula cuando la empleada (prefiero omitir su nombre y apellidos), la cual llevaba trabajando más de quince años, me miró incrédula y admitió que en la oficina desconocían la existencia de los restos.

Solicité una cita con la señora Cerrillos. La empleada me informó que sería imposible porque estaba de viaje. Así que me invitó a presentar un escrito. Al día siguiente, 17 de junio, le entregué en mano a dicha empleada una carta, material fotográfico antiguo y actual y también varias reproducciones de planos del centro histórico entre los siglos XVI y XIX. El dossier estaba dirigido a la señora Cerrillos y detallaba la enorme importancia histórica de los restos del callejón y cómo rescatarlos. Aún hoy, más de tres años después, no he recibido la respuesta oficial de la oficina.

Pero, el verano de 2008, la oficina sí permitió la continuación de las obras en el callejón y en el inmueble contiguo. Autorizó al dueño a agujerear el muro y colocar una puerta, detrás de la cual construyó una escalera que hoy, en 2011, ocupa el espacio de los restos del callejón del siglo XVI.

Lo realmente “grave” es que al tratarse de restos de un callejón que aparece perfectamente trazado en el plano de Torriani de 1588 (a la derecha de la letra T), la actuación negligente y delictuosa de la oficina violó claramente uno de los principios fundamentales de la declaración del centro histórico como Bien Cultural-Patrimonio de la Humanidad. Ese principio es el trazado urbano de la ciudad antigua que tiende a buscar la regularidad de las manzanas urbanizadas. Otra violación de comparable gravedad sucedió el año pasado, cuando la oficina “autorizó” la demolición del muro del callejón de Maquila y la alteración de su anchura. El de Maquila es también otro callejón del siglo XVI.

Sin embargo, según la oficina, el mural de la Sala Conca es el verdadero mal del centro histórico. (Como en su momento lo fue la escultura con forma de lata de sardinas emplazada en la calle Herradores para conmemorar el centenario de Oscar Domínguez.) Por desgracia, la Sala Conca es una de las pocas galerías de arte que existen en un centro histórico cada vez más controlado por franquicias y centros comerciales. El dueño de la Sala Conca no ha dañado el patrimonio histórico. El mural es una intervención reversible y temporal. Pero, las violaciones que la oficina hace de los principios de la declaración de la UNESCO son en algunos casos irreversibles; como la destrucción de más de diez casas terreras desde 2009.


La recuperación de los restos del callejón del siglo XVI, situados a treinta metros de la “mancha” mural, es posible. Así se lo expliqué el pasado febrero en una conferencia pública a la concejala de patrimonio. (Aún aguardo su respuesta oficial.)

La Laguna no puede permitirse otros cuatro años de pomada quitamanchas. La gestión de un centro histórico de más de quinientos años y patrimonio de toda la humanidad no puede recaer en manos de una sola persona, cuya gestión sigue atentando contra los principios de la declaración de Bien Cultural-Patrimonio de la Humanidad.

Como he venido defendiendo, el centro histórico lagunero necesita urgentemente la creación de un organismo autónomo y no monopolizado por el ayuntamiento que gestione el patrimonio de manera real y en beneficio de la ciudadanía.


lunes, 19 de noviembre de 2012

El mausoleo masónico de La Orotava


Uno de los lugares más atractivos de La Orotava es, sin lugar a dudas, el que conocemos con el nombre de Jardines Victoria o del Marquesado de la Quinta Roja. Están situados en pleno centro de la villa y se componen de un conjunto de siete terrazas escalonadas adornadas por fuentes, plantas y caminos rematados en su parte superior por un pequeño edificio de mármol blanco. Si nos acercamos podremos distinguir una construcción prismática de esquinas achaflanadas decorada con columnas corintias adosadas, una puerta de metal negro en la que se ha calado una representación del árbol de la vida, una corona y la letra griega omega. En el dintel de la puerta un nombre: Diego Ponte del Castillo. Encima de éste tres coronas funerarias y más arriba aún un escudo nobiliario.

Sorprende la existencia de un monumento a todas luces funerario en el centro del casco urbano de La Orotava. Para entender los misterios que encierra este conjunto patrimonial hay que conocer los hechos que condujeron a su construcción.

Diego Ponte, a quien vemos en una fotografía de Belza,  nació en 1840 y era hijo de una de las familias más nobles y acaudaladas de la isla de Tenerife. Ostentaba el título de marqués de la Quinta Roja y era, además, un conspicuo miembro de la Logia Masónica Taoro, de la que llegó a ser Venerable Maestro. Por su condición de masón mantuvo frecuentes discusiones con los clérigos de su época, lo que hizo que, tras su fallecimiento en 1880, se le negara el enterramiento en el cementerio católico de la villa. Su madre, Sebastiana del Castillo, encargó como desagravio la construcción de este conjunto en una de sus fincas.

A través del médico y botánico palmero Víctor Pérez González se puso en contacto con el arquitecto francés Adolphe Coquet, asimismo masón, y le encargó el mausoleo. Éste, que fue diseñado y esculpido en Lyon, estaba ya levantado en su lugar en 1882, aunque hasta 1884 no se finalizaron los trabajos completamente.


La primera imagen que tenemos de los jardines es un grabado que data de 1888 y que se publicó en La Ilustración Española y Americana con motivo de una exposición de jardinería celebrada en La Orotava. En esta imagen apreciamos, igual que en otra fotografía antigua, la existencia de un templete rematado por una cruz céltica que coronaba el pequeño edificio y que hoy no existe.

El edificio no fue jamás utilizado como tumba, pues previamente se solventaron los problemas con la Iglesia. Pero hasta nuestros días se ha mantenido vivo el debate acerca de la simbología masónica que pueden encerrar tanto esta estructura como los jardines.

En la descripción que aparece en la resolución de 2003 del Gobierno de Canarias por la que se incoa expediente de declaración de BIC, se dice que "los Jardines Victoria constituyen un ejemplo singular de jardín simbólico, único en Canarias y España" y se hace una pormenorizada relación de los elementos simbólicos que se hallan en el recinto. Se ha llegado a hablar de los jardines como una síntesis cultural y se han identificado las siete terrazas con los chakras de energía de la tradición india.

El profesor de la ULL y posiblemente el mejor experto en temas masónicos de Canarias, Manuel de Paz, cree que el panteón diseñado por Coquet sí tiene carácter masónico, pero no los jardines. Según De Paz, este hecho se puede apreciar en la presencia de las columnas del grado 18 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, así como de la escalera misteriosa y otros elementos destacados del grado 30 o Caballero Kadosch, y la cruz céltica que coronaba el monumento perteneciente al mismo rito.

No obstante, en el año 2005 José Manuel Rodríguez Maza y Nicolás González Lemus niegan en el libro Masonería e intolerancia en Canarias: el caso del marquesado de la Quinta Roja el carácter masónico tanto de los jardines como del panteón. Para los autores, apoyándose en fuentes documentales inéditas, no estuvo nunca en la mente de la madre del marqués levantar un mausoleo de simbología masónica, sino una tumba en la que fuera enterrada su familia.

El debate continúa abierto. En el centro de La Orotava sigue en pie un monumento que no sabemos a ciencia cierta qué significado último posee, pero que constituye un emblema del enorme poder de las familias nobles en la sociedad canaria a lo largo de nuestra historia y de la presencia de la masonería en nuestra isla.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Los muelles carboneros de Valleseco

por Melchor Padilla


En el puerto de Santa Cruz cerca de la entrada al barrio de Valleseco podemos observar unas antiguas estructuras portuarias. Se trata de un conjunto formado por dos espigones, uno de unos 70 metros de longitud y el otro de unos 80 metros, y dos naves que en la actualidad están ocupadas por la Federación Insular de Vela de de Tenerife. Al otro lado de la carretera de San Andrés podemos ver también las ruinas de unos viejos almacenes y otras dependencias cerca del puente de la antigua carretera.

Todos estos elementos están relacionados con una de las actividades portuarias más importantes del archipiélago desde mediados del siglo XIX hasta la aparición de los motores de combustión interna en el siglo XX: el aprovisionamiento de carbón para los buques de línea que surcaban el Atlántico. Estos barcos precisaban carbonear de manera regular para lo que hacían escala en puertos situados de manera estratégica.

Para ello, las islas Canarias se encontraban en una situación intercontinental privilegiada, a lo que hay que añadir su condición de puerto franco y la existencia a partir de 1880 de una aceptable infraestructura portuaria tanto en Las Palmas de Gran Canaria como en Santa Cruz de Tenerife. Por todo ello, las principales compañías navieras eligieron este archipiélago para el aprovisionamiento de sus flotas.

El carbón procedía sobre todo de Gales, en el Reino Unido, por lo que no es de extrañar que fueran británicas muchas de las firmas que se dedicaron a este negocio en Canarias. La primera que se asentó en Tenerife fue la compañía Bruce, Hamilton, Davidson, Lebrun & Co. a partir de 1850. Ubicada en lo que hoy sería el muelle de Ribera, se tuvo que trasladar a Valleseco en 1876. Los depósitos de carbón para el suministro de escala se multiplicaron pronto: así se desarrollaron las casas carboneras de Ghirlanda, Davidson, Croft y varias más.

En el Puerto de Santa Cruz de Tenerife se constata la existencia, a finales del siglo XIX, de tres firmas dedicadas a la importación y suministro de carbón. Hamilton and Co., George Davidson y Ghirlanda Hnos. La primera era la más importante de las tres, y tal vez la carbonera más antigua de las islas. Otra de las más importantes fue Cory Brothers, instalada en 1862, que era la mayor compañía exportadora de carbón del sur de Gales. En 1913 disponía de 80 estaciones de carboneo en todo el mundo. En Tenerife estuvo asociada con Hamilton entre 1884 y 1909, fecha en la que debió instalarse por su cuenta.

En la actualidad han sobrevivido el muelle de Carbones de Tenerife y las instalaciones de Cory. De esta última empresa quedan en pie dos naves de las tres originales, el muelle de piedra y madera, que todavía conserva parte de los raíles por donde discurrían las vagonetas del carbón, y las grúas que servían para cargarlo en barcazas, que eran remolcadas por un pequeño vapor hasta acercarlas a los navíos donde eran descargadas. En una antigua fotografía de los muelles de Valleseco se puede apreciar en el muelle de Cory una de estas grúas de vapor similar a la que se encuentra hoy en día expuesta delante de la Escuela de Náutica. Todo el conjunto presenta un alto grado de deterioro: hay raíles doblados o arrancados, faltan tablas en el suelo que hacen peligroso caminar por su superficie y hay basuras en las pocetas.

En 1990, mediante una Resolución de la Dirección General de Cultura, se procedió "a la incoación de expediente para la declaración del conjunto de muelles, almacenes, varaderos, puente del barranco y playa de Valleseco como Bien de Interés Cultural, en la categoría de sitio histórico". Según la misma Resolución se trataba de "un hito insustituible representativo del patrimonio industrial que merece un alto aprecio a los ciudadanos".

Sin embargo, el expediente se paralizó y nunca fue declarado BIC el conjunto al que hacemos referencia. Pese a lo que creen los vecinos de Valleseco, no existe o no hemos podido hallar ningún documento oficial que acredite esta condición. Intereses ligados al desarrollo del puerto, fundamentalmente la construcción de la vía de servicio, paralizaron esta declaración, por lo que los elementos a proteger que quedaban como parte del escaso patrimonio antiguo del puerto de Santa Cruz sufrieron las obras de la vía del puerto. Éstas acabaron con una de las carboneras, ocasionaron el derribo de una de las tres naves de Cory y enterraron bajo los escombros la mitad de la playa.

De los antiguos almacenes y salas de maquinaria sólo podemos contemplar hoy en día ruinas, pues no quedan más que las paredes: como si la ciudad se avergonzara de su desidia, aparecen cubiertas por vallas publicitarias que las ocultan de nuestra vista. En fechas recientes, el Cabildo, por fin, elevó al Gobierno de Canarias el expediente definitivo para que se pueda incluir al conjunto de muelles, varaderos, almacenes y puente de Valleseco, como BIC con la categoría de Sitio Histórico.

En 2006 se convocó un concurso de ideas para la ordenación del área funcional de Valleseco que fue adjudicado al proyecto denominado Sol y Sombra de los arquitectos Joaquín Casariego y Elsa Guerra, debido a que, según el jurado, "consigue la recuperación de la naturaleza de la costa preexistente al proponer el mantenimiento de las dos formas más representativas del litoral canario, como son una playa de barranco y una rasa costera típica generando, además, un espacio social de calidad que responde al sentir y al deseo general de la ciudadanía". No obstante, en este proyecto ha primado el interés por la playa, quedando los muelles alejados del mar.

Sería urgente que el gobierno canario resolviera la declaración de BIC de estos interesantes exponentes de nuestro pasado industrial. Como dijo una vez el político francés Eduard Herriot, "el valor de una civilización no sólo se mide por lo que sabe crear, sino por lo que es capaz de conservar".








lunes, 5 de noviembre de 2012

El día que desapareció la Virgen


En una de las calles de San Juan de la Rambla el letrero inciso en el enfoscado de la pared de una casa nos dice que el luctuoso 7 de noviembre de 1826 el barranco se llevó esa esquina siendo levantada de nuevo en diciembre. ¿Cuál es ese luctuoso suceso y por qué ha pasado a la historia de las catástrofes que han asolado las islas?

Los días 6 y 7 de aquel noviembre una terrible tormenta se abatió sobre las islas y fue Tenerife la más afectada de todas. Esa tormenta se conoce como el Aluvión de 1826 y el historiador coetáneo León y Xuárez de la Guardia nos resume aquellos hechos diciendo: “Viose que una masa enorme de agua descendió a la tierra, abrió nuevos y multiplicados barrancos, extendió hasta 600 brazas de latitud algunos que antes apenas contaban 20, abatió los árboles más corpulentos, hizo zozobrar a los buques, hundió las casas y arrastró hasta el mar los habitantes y los ganados; en una palabra, experimentóse en Canarias, bien que por el largo espacio de 10 a 12 horas que tuvo de duración, uno de esos tormentosos huracanes de que tan a menudo son víctimas las Antillas, y que sin embargo allá no son de tan prolongado tiempo".

Tenemos, además, otras informaciones de primera mano acerca de este acontecimiento en dos textos que narran los hechos. El primero de ellos pertenece a Sabino Berthelot, presente en Tenerife en aquellos aciagos días, que nos cuenta en sus Misceláneas Canarias en primera persona cómo vivió este desastre, que él llama el Huracán, en Santa Cruz. El segundo testimonio nos lo ofrece el beneficiado de la iglesia del Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios, que de forma prolija nos cuenta lo ocurrido en la zona del norte de la isla que comprende desde La Guancha hasta el valle de La Orotava. Hay más documentos que se refieren a estos hechos, pero entre todos destaca el mapa que dos años después adjunta el entonces alcalde del Puerto de la Cruz, Álvarez Rixo, para que se remedien los daños causados por el temporal en la zona aledaña al barranco de Las Lajas o de San Felipe.

Porque fue en el norte donde se contabilizaron los mayores estragos y así tenemos relaciones en las que se habla de 243 personas fallecidas, 211 casas destruidas y más de mil animales muertos sólo en el Valle de La Orotava, San Juan de La Rambla, Icod y La Guancha. Si a estas personas fallecidas en el norte les sumamos las del sur, podemos estar seguros de que se trata de la mayor catástrofe natural que ha padecido la isla, con unos daños materiales incalculables, y que el total de víctimas humanas debió sobrepasar ampliamente los tres centenares.

No obstante lo anterior, esta catástrofe tuvo otros efectos que tienen que ver con nuestro patrimonio cultural e, incluso, espiritual. La villa de Candelaria era en aquellas fechas un pequeño pueblo de pescadores cuya vida giraba en torno a la presencia de la Virgen. En el plano del ingeniero militar Riviere, de 1741, podemos apreciar las casas de la población, que no debían de pasar de 40, y los edificios más importantes: la iglesia de la Virgen y el convento (C) y frente a él el castillo de San Pedro (A) y la vivienda del castellano (B). Un poco más hacia el oeste vemos la cueva de San Blas (D) Según afirman Escribano y Mederos en un interesante informe sobre las prospecciones arqueológicas en la playa de San Blas de Candelaria, el motivo de la presencia de un castillo en Candelaria tenía que ver, más que con las necesidades estratégicas, con la necesidad de defender de los ataques piráticos las riquezas que acumulaba la Virgen por las donaciones de sus fieles. Si seguimos observando el plano veremos que al este de los edificios y separándolos del pueblo, aparece el cauce de un barranco. 



El 7 de noviembre, el barranco de Tapia, que así se llamaba, tras desbordarse arrasó completamente el castillo de San Pedro, arrastrando también la casa del castellano donde se encontraba de guardia el sargento con su familia. De ambos edificios apenas quedan restos. Hasta hace algunos años se podían observar en la playa algunos sillares de la antigua fortificación y en las prospecciones arqueológicas antes citadas se encontraron otros restos sumergidos. Hoy sólo un topónimo en la costa candelariera, el Cabezo del Castillo, recuerda su existencia.


Pero el temporal también se llevó un preciado tesoro, pues las aguas destruyeron el convento y la iglesia donde se encontraba la Virgen desapareciendo esta en las aguas. Luego, la Virgen de Candelaria que se venera en la actualidad no es la misma imagen que, según la tradición, se encontraron los guanches en la playa de Chimisay de Güímar y que luego fue llevada a la cueva de Achbinico o San Blas. Entonces, ¿cómo era aquella virgen desaparecida? 

Fray Alonso de Espinosa en su Historia de Nuestra Señora de Candelaria la describe como de unos cinco palmos de estatura, con un rostro un tanto largo con ojos grandes y rasgados, de color algo moreno "con rosas muy hermosas en las mejillas", no lleva tocado y tiene el pelo rubio. Lleva al Niño en el brazo derecho y una vela verde en la mano izquierda. Esta descripción se corresponde con las imágenes que todavía hoy podemos contemplar en los cuadros de la actual basílica, pues tanto la figura como la vestimenta que aparecen reflejadas son las de la virgen antes de su desaparición.

Desde que se perdió la Virgen, los frailes dominicos del convento trataron de conseguir alguna de sus copias para sustituirla. Ante la imposibilidad de obtenerla, le encargaron al escultor orotavense Fernando Estévez que tallara una imagen que es la que actualmente recibe culto. Y la antigua imagen, ¿desapareció para siempre?

Hay una imagen en la iglesia de Santa Úrsula de Adeje que responde fielmente a la descripción de Espinosa y que se había creído que era una copia del siglo XVI de la original, pero en un articulo publicado en 1999 por V. Gómez, se afirma que, tras la datación con carbono 14, la cronología debe retrasarse al siglo XV. Esto supondría, en opinión del autor, que en Adeje se encuentra la imagen original. ¿Puede ser esto posible?

Tengamos en cuenta que los Marqueses de Adeje y Condes de La Gomera eran mayordomos de la Virgen de Candelaria y tenían casa en el camino que va a la cueva de San Blas. Algunos piensan que pudieron llevarla a la iglesia adejera y sustituirla por una copia. El debate sigue abierto, aunque las últimas interpretaciones de carácter esotérico no aportan mucha luz al mismo.

En cualquier caso, sirvan estas líneas para recordar la mayor catástrofe natural sufrida por la isla y de la que pasado mañana, 7 de noviembre, se cumplen 186 años.

La villa de Candelaria en 1820.


Manuel Jesús Martín Martínez nos ha proporcionado una imagen de la Virgen de Candelaria tal como aparece en un grabado de 1703 obra de Juan Pérez que reproduce una imagen que se hallaba en la catedral de Sevilla..


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