“Todo lo antiguo se va derruendo; todo lo antiguo, que es lo que evoca el recuerdo grato de lo pasado y nos proporciona las emociones más íntimas en nuestras almas, toma el rumbo de desaparecer”

Don Amado Riverol, anciano marino, capitán de puertos y comandante militar del trozo de Orotava, que en un tiempo, llegó a ser alcalde del Puerto de la Cruz. (Del blog "Canarízame")

lunes, 30 de julio de 2012

La casa del agua

por Melchor Padilla


Se denomina arqueología industrial a una de las ramas más recientes de la arqueología, dedicada al estudio de los sitios, los métodos y la maquinaria utilizada por las distintas industrias. Como dice José Antonio Millán“más allá del canto a los materiales o los análisis arquitectónicos, estas huellas del pasado nos narran una historia que no nos llega por otras vías: la de las fuerzas anónimas del capital y del trabajo interactuando entre sí y cambiando la faz de la tierra”. En nuestra isla tenemos algunos, no muchos, ejemplos de patrimonio industrial. Vamos a hablar de uno de los más significativos del pasado de Tenerife.


Hay un sendero en el norte de la isla que parte desde la Romántica II, en el barrio de Toscal-Longuera de Los Realejos, y bordea la costa acantilada hasta la Rambla de Castro. Se llama el Sendero del Agua y en un momento del recorrido llegamos a divisar un gran edificio en ruinas y una gran escalera que serpentea hasta la cima del acantilado. En el mismo lugar en el que se encuentra el edificio existió uno de los nacientes más importantes de la isla de Tenerife. Sabino Berthelot lo describió así: "Retumba un fragor que se suma al bullir de las olas; son las cascadas de Gordejuela, que se precipitan, en una sucesión de saltos, desde lo alto de la ladera para derramarse en transparentes cortinas de agua al pie del acantilado".

El dibujante J.J. Williams, que acompañó al sabio francés, nos dejó un grabado con el que podemos hacernos una idea de lo que fue, antes de desaparecer, este naciente. Observamos un torrente que surge del risco y que se abre en una gran catarata. Por encima de ella, aprecíamos un antiguo molino harinero cuya maquinaria movía la fuerza del agua.


En 1898, la empresa Hamilton & Co. -que todavía tiene presencia en nuestras islas- constituyó la Sociedad de Aguas de la Gordejuela, que tenía como objetivo la explotación de los manantiales. En 1902, la perspectiva de un crecimiento de los precios llevó a la empresa a comprar todas las acciones de la sociedad. A partir de esa fecha se edificó una estación con bombas a vapor para elevar unas diez mil pipas diarias -cuatro mil ochocientos metros cúbicos- hasta un embalse situado a doscientos setenta metros de altura, a través de una tubería de hierro de dos kilómetros de longitud. Para la distribución posterior por el Valle de La Orotava se construyó un acueducto de doce kilómetros.

Como podemos observar en una fotografía tomada cuando aún funcionaba el elevador de agua, éste estaba formado por dos unidades: la primera, aparte de un almacén y la casa de los medianeros, poseía otra casa, con una chimenea de 50 metros de altura, en la que se ubicaba la máquina de vapor, la primera de la isla, que generaba la energía suficiente para que funcionaran las bombas. El otro edificio, el más representativo del conjunto, fue en su momento uno de los mayores de Tenerife. Parece brotar del mismo acantilado; tiene cinco niveles y aunque su estado de conservación es precario, pues ha perdido la cubierta, todavía sigue alzándose frente al mar. Llaman la atención del visitante las escaleras que comunican ambas partes. La obra, que fue proyectada y supervisada por el ingeniero militar José Galván Balaguer, fue calificada en su época de "obra de romanos".

El coste total de la instalación superó el millón de pesetas de entonces, lo que colocó en delicada situación financiera a la empresa promotora. Además, las expectativas económicas variaron por la coyuntura internacional, lo que afectó al comercio frutero. Con objeto de garantizar una remuneración a la inversión, optaron por arrendarla en 1910 a Elder & Fyffes, para luego vendérsela en 1919. Los avances tecnológicos de años siguientes obligaron a cambiar el método de elevación, lo que hizo innecesario el complejo tal como había sido planteado y fue abandonado paulatinamente. En la actualidad se sigue extrayendo el agua mediante motores eléctricos.


En el año 2000 el gobierno de Canarias, en el Plan Especial de Protección Paisajística Ramblas de Castro, en el término municipal de Los Realejos, incluía favorecer la rehabilitación de la antigua estación de bombeo de La Gordejuela, para uso público. Para ello estableció una serie de directrices generales que deberían servir de pautas para la actuación tanto de particulares como de la Administración. Se planteaba que fuera destinado a realizar actividades relacionadas con los fines de protección de este espacio natural, pero sin modificar las características del edificio antes de su rehabilitación. Por último, se debería contemplar la restauración paisajística de la desembocadura del barranco y las zonas aledañas al edificio.
Sin embargo, han pasado los años y no parece que ninguna instancia pública se vaya a hacer cargo de devolver a la isla uno de los elementos más significativos de su pasado industrial y agrícola.

Incluímos, por último, un vídeo que el cineasta canario Manuel Mora Morales dedicó a este lugar.






ACTUALIZACIÓN

Un buen amigo y descendiente de los propietarios, Carlos Pérez Hamilton, nos ha enviado un interesante material escrito y gráfico sobre la estación de bombeo. Me ha parecido interesante incluir alguna de las fotografías por su innegable valor documental.

Gracias, amigo.





El amigo Rafael Cedrés nos remite esta foto de la maquinaria que existió dentro de la Casa del Agua de La Gordejuela. 
(Imagen cedida por el Ayto de Los Realejos)

miércoles, 25 de julio de 2012

Una de piratas

En nuestras islas hay ocasiones en las que los aspectos del pasado se entremezclan de tal forma que, a veces, es imposible discernir dónde acaba la realidad y empiezan las leyendas. Hoy comenzamos nuestra historia –o leyenda- en Machado, un barrio del municipio de El Rosario. Casi al final de la carretera que conduce a la ermita de Nuestra Señora del Rosario, si miramos hacia el norte, podemos distinguir las ruinas de una antigua mansión canaria de campo. Si preguntamos a los vecinos nos dirán: "esa es la casa del pirata". Subamos por un camino empedrado y llegaremos a la casa. Apenas queda nada de lo que fue. Una fotografía de 1975 nos da apenas una somera idea de lo que debió ser. Sólo una habitación conserva todavía restos de las maderas de la techumbre y algunas tejas. Desde esa estancia, una única ventana nos permite ver una panorámica de la costa del sur de Tenerife desde Radazul hasta El Porís. La casa es, pues, una atalaya, casi un puesto de vigía sobre el mar.



Esa construcción fue declarada, junto con la ermita, Bien de Interés Cultural en el año 2003. En esa declaración del Gobierno de Canarias se la citaba como Casa del Pirata o del Rosario. No obstante, al año siguiente y “visto el recurso de reposición interpuesto por Fray José Mateos y García de Paredes, vicepostulador de la Causa de Canonización de la Sierva de Dios Sor María de Jesús de León Delgado”, el Gobierno canario decide mediante otro decreto que se le cambie el nombre y se la denomine Casa de los Mesa, pues se considera que no está demostrado que la casa perteneciera al supuesto pirata. Más adelante veremos el porqué de ese recurso.


¿Quién era este pirata? El personaje al que nos estamos refiriendo no es otro que Amaro Rodríguez Felipe, nacido en 1695 en La Laguna y más conocido con el nombre de Amaro Pargo. Conocemos su rostro por un retrato suyo que se conserva en la ermita del Rosario, en el que, debajo de la imagen del Señor de la Humildad y Paciencia, aparece junto a Fray Juan de Jesús y el retrato mortuorio de Sor Maria de Jesús. En torno a su figura se han tejido una serie de leyendas que tienen que ver con las actividades que lo llevaron a navegar por el Atlántico. Pertenecía al estamento nobiliario y no era con precisión un pirata, sino un corsario. La diferencia entre ambos es que el primero actúa por libre, mientras que el segundo lo hace mediante autorización real o patente de corso. Esta autorización daba un carácter “oficial” a los ataques que llevara a cabo contra barcos enemigos del correspondiente país.

Otro de los lugares relacionados con este personaje es la Punta del Hidalgo, en la playa de San Mateo, bajo los Dos Hermanos, donde se desembarcaban los productos de contrabando. Otra de las lucrativas actividades que se le atribuyen es el tráfico de esclavos desde la costa africana hasta América. En los años 40 escandalizó a la sociedad tinerfeña la publicación de un libro de la doctora María Rosa Alonso titulado Un rincón tinerfeño. La Punta del Hidalgo en el que se relacionaba de manera directa la figura del corsario lagunero con las grandes familias tinerfeñas. Dicho de otra manera, el origen de algunas de las grandes fortunas tinerfeñas estaría en actividades que podríamos calificar, como mínimo, de dudosas.

Algunos afirman, además, su pertenencia a la francmasonería, en la que alcanzó el grado de compañero.
Otro aspecto de Amaro Pargo, y dadas las costumbres de la época no contradictorio, es su gran religiosidad. Hizo donaciones a iglesias y conventos, sobre todo al de las Catalinas de La Laguna, pues sentía una auténtica veneración por la todavía viva Sor María de Jesús, la Siervita. Carlos García, en su libro La Ciudad. Relatos históricos y tradicionales de La Laguna afirma que "nunca emprendió negocio, expedición de barco, ni celebró contrato sin antes consultarlo con esta Sierva de Dios y obtener su aprobación".

Tres años después de la muerte de la Siervita, consiguió que el cadáver de ésta fuera exhumado y, asombrado del estado de conservación del mismo, encargó el sarcófago en el que actualmente puede ser visitada y en el que mandó escribir unos versos en cuyas letras iniciales se puede leer en vertical: PARGO. En nuestros días se está llevando a cabo la causa para la canonización de Sor María de Jesús y parece que se quiera eliminar cualquier obstáculo para la misma, por lo que se está procediendo a una revisión de la figura Amaro Pargo: por ello se insiste en el recurso antes citado en que no era pirata.

Amaro Rodríguez Felipe murió en 1747 y está enterrado en la iglesia de Santo Domingo de La Laguna. En la lápida del enterramiento familiar situada a la entrada del templo aparece, como era habitual en los enterramientos de esa época, una calavera con dos tibias cruzadas, lo que no ha hecho sino alimentar la leyenda…

Entonces, ¿no hubo piratas canarios? Sí, y conocemos la historia de uno de ellos. Se llamaba Ángel García, nació en 1800 en Igueste de San Andrés, donde tenía su casa. Ha pasado a la historia con el nombre de Cabeza de Perro, pues su cabeza era deforme. Poco antes de llegar a Igueste, desde la carretera se puede apreciar una serie de edificios a los que no es posible acceder porque una puerta cierra el paso. Es El Balayo, una punta entre dos playas, lugar que se ha relacionado siempre con el pirata. Cerca se encuentra la Cueva del Agua, donde al parecer surtía de agua a sus naves. Tenía su zona de operaciones en el Caribe y en La Habana, camuflado de dulcería su cuartel general.


Fue comerciante, negrero y asesino sanguinario de los mares. Cuando atacaba un navío mataba sin piedad a todos los que en él iban. Ya a la vejez decidió retirarse a vivir en Tenerife, pero fue reconocido y encarcelado en el castillo de Paso Alto. Poco tiempo después era ejecutado cerca del Castillo Negro.

La piratería se extinguió en el Atlántico en el siglo XIX, pero todavía queda en nuestras islas el recuerdo, mitad historia mitad leyenda, de su existencia.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 31 de mayo de 2008

sábado, 21 de julio de 2012

Sobre el volcán

El pasado martes 13, un ligero temblor de tierra de 3,4 en la escala de Richter, sacudió levemente la isla y vino a recordarnos un elemento fundamental de nuestra existencia como isleños que habitualmente tenemos olvidado: vivimos sobre un volcán.


Las islas creadas por sucesivas erupciones a lo largo de más de 40 millones de años, siguen estando activas. Prueba de ello son las manifestaciones eruptivas de las que tenemos constancia desde la conquista y a las que llamamos erupciones históricas. La última muchos la recordamos todavía, pues fue hace sólo 37 años cuando surgió el Teneguía, cerca de Fuencaliente en la isla de La Palma. Pero desde que tenemos constancia escrita ha habido muchas más, desde la de Tacande (La Palma) en 1430 hasta la del Teneguía en 1971, contamos hasta catorce.  De ellas, sólo en Tenerife conocemos las erupciones de los años 1704-1705  en Siete Fuentes, Fasnia y Montaña de Las Arenas, la erupción de Garachico en 1706, la de Chahorra  de 1798, la única que se ha producido en fecha histórica dentro de los actuales límites del parque nacional del Teide y, por último, la erupción de Chinyero en 1909 .

Si exceptuamos la erupción de Timanfaya en Lanzarote entre los años 1730 y 1736, que cubrió con lava la cuarta parte de la isla, destruyendo campos de cultivo y provocando que la población tuviera que emigrar, los volcanes canarios suelen ser de tipo fisural, efusivo y, por lo tanto, no muy peligrosos para las personas ni muy destructivos. ¿Cuál es entonces el peligro? Éste no radica en el volcán sino en el lugar donde éste aparezca y la zona que afecte.

Nuestras islas están excesivamente pobladas y en Tenerife la densidad de población es muy elevada. Si una erupción volcánica sucediera en despoblado, probablemente no ocurriría nada pero si afectara a las zonas habitadas los efectos podrían llegar a ser muy preocupantes. Repasemos la Historia para ver un ejemplo de ambas posibilidades.

El volcán Chinyero es la primera erupción canaria con documentación fotográfica y con estudios de carácter científico. El día 19 de noviembre de 1909, en la Dorsal de Abeque, después de una serie de terremotos anunciadores en fechas previas, se inició la erupción volcánica. En el nº 1 de la revista Chinyero del colectivo Arguayo (1986) se recoge el testimonio de dos testigos de excepción: José Hernández Lorenzo (agricultor de S. José de Los Llanos, El Tanque) y su hijo Miguel Hernández Grillo que se hallaban a un centenar de metros del lugar de la erupción:

"Eran las dos y media de la tarde, y yo me hallaba labrando unos trillos, y sentí temblar la tierra bajo mis pies. Dio una vez un hurrido que yo miré el cielo creyendo que pasaba algún gran bando de palomas...Entonces vinieron unos pastores de Las Manchas y todos dijeron "vamos a marcharnos que de esto tiene que dimanar algo malo". En ese momento reventó el volcán.
Donde había un hoyito de volcán, en el mismo morro de la Montaña del Chinyero, fue donde reventó. Dio un gran berrido y los escobones saltaron al aire, subiendo a una altura como tres pinos grandes, dando vueltas, revueltos con el humo y la tierra, negra y colorada, y también salían piedras grandes, pero no se veía fuego, y todo al llegar arriba se distendía, y empezaron a caernos unas arenillas calientes que no se aguantaban en la mano.
Ya no vimos más porque todos echamos a correr...".

Según Marcos Brito en su obra La erupción del Chinyero a través de la prensa (2003), la primera lava se dirigió hacia el Tanque e Icod pero al irse solidificando sirvió de muro y se fue desviando hacia el Llano de los Asnos. A las 6 de la tarde del día 19 un río de lava se dirigió hacia Santiago del Teide. Se dividió con un brazo hacia Las Manchas y otro hacia el Valle de Arriba, siendo a partir de ese momento su marcha más lenta porque comenzó a rellenar la depresión que está al levante de la montaña de Bilma, ganando en anchura.  Durante la noche la erupción era visible desde la Gomera y se vislumbraba el resplandor desde la Punta del Hidalgo en el otro extremo de la isla y en Gran Canaria.

Los aproximadamente mil vecinos de vivían en la zona decidieron abandonar sus hogares y trasladarse a la playa donde se negaron a embarcarse en vista de la lejanía del peligro. Después de 10 días cesó la erupción no llegando a ocasionar las lavas ningún peligro para la población pues sólo discurrieron por despoblado.

Un caso distinto había ocurrido dos siglos antes. Según relatos de la época, el 5 de mayo de 1706, a las tres y media de la mañana, después de un gran temblor de tierra, hizo explosión el volcán de Arenas Negras o Trebeque situado, asimismo, en la Dorsal de Abeque a unos 1350 m. de altitud. Un torrente de materias inflamadas salió en dirección al norte descargando primero en El Tanque donde incendió la iglesia y varias casas. Hacia las 9 de la noche otra corriente que llegó hasta la costa cayó sobre la Villa de Garachico por siete sitios diferentes. La lava hizo retirar el mar de la costa y cegó el puerto hasta entonces el más importante de la isla. Dulce María Loynaz hace una hermosa descripción literaria de estos acontecimientos en el capítulo El galeón enterrado del libro Un verano en Tenerife. 


El 13 del mismo mes, un torrente de lava más potente que los anteriores se precipitó desde San Juan del Reparo arrasando huertas, escombró los manantiales y enterró casas y molinos. El incendio siguió arrasando gran parte de la villa por lo que toda la población tuvo que buscar refugio en otros pueblos. Es la erupción que provocó mayores daños y pérdidas económicas en Tenerife. Garachico constituía en ese momento el puerto comercial más importante de Canarias, esencial en la ruta entre Europa y América, pero perdió toda su importancia a partir de ese momento pues su bahía quedó cegada. Dice Viera y Clavijo que “Desaparecieron las viñas, las aguas, los pájaros, el puerto, el comercio y el vecindario”.

Sobre el brazo de lava que cegó el puerto se edificaron posteriormente casas, pero aún hoy en día podemos contemplar, a un nivel más bajo que la plaza aledaña, los restos de la Puerta de Tierra que señalaba el límite de la costa en ese lugar.

Todos sabemos que los constantes movimientos sísmicos de las islas son el aviso permanente de que la actividad volcánica continúa. Debemos pues adquirir conciencia de que en cualquier momento, y en cualquier lugar, puede volver a surgir el volcán. 

En una isla como Tenerife con más de 800.000 habitantes, sin contar los turistas, ¿estamos preparados para afrontarlo?, ¿tiene el gobierno canario planes de autoprotección?, ¿se hace la suficiente difusión de éstos?

Publicado en loquepasaentenerife.com el 20 de mayo de 2008

ACTUALIZACIÓN

Cuando escribí estas líneas todavía no había comenzado el episodio volcánico que a partir del 19 de julio de 2011, sacudió a la isla de El Hierro y que todavía hoy parece que no ha terminado. Casualmente me encontraba pasando unos días de descanso en aquella isla cuando comenzaron los movimientos sísmicos que dieron lugar, tiempo más tarde, a la aparición de un volcán submarino..

Las preguntas que me hago al final del artículo han tenido, pues, en parte respuesta. Ya sabemos que hay medios para actuar en una isla pequeña, pero recuerden las dificultades que hubo para evacuar un pequeño pueblo como La Restinga, por lo que sigo pensando que en caso de una erupción volcánica que implicara una evacuación mayor de zonas densamente pobladas, sería muy dificultosa.

Recordemos que la última erupción de la isla fue hace poco más de cien años; es decir, un parpadeo a escala geológica ¿No deberíamos prepararnos más por si repite un hecho similar en nuestra isla?

miércoles, 18 de julio de 2012

El asalto de Gracia

El 1 de septiembre de 1934, un asalto armado al tranvía entre Santa Cruz y Tacoronte acabó con las vidas de un joven estudiante lagunero y de un conductor


Ahora que se ha hecho cotidiana la imagen del nuevo tranvía que circula por Tenerife uniendo Santa Cruz y La Laguna, debemos recordar que ya existió uno anterior que durante casi sesenta años –desde 1901 hasta finales de los 50- recorrió de forma incansable el trayecto que lo llevaba desde el puerto de Santa Cruz hasta Tacoronte, donde hoy todavía el nombre de un bar recuerda su presencia. Tenía su base en La Cuesta, donde se encontraba la vieja central eléctrica y las cocheras, en el lugar donde hoy se halla el nuevo centro multifuncional, en el que todavía sobrevive la chimenea de ladrillo de 35 metros de altura de las viejas instalaciones.

De su dilatada historia en nuestra isla nos ha dejado muchos testimonios fotográficos en los que podemos apreciar la importancia que tuvo para la vida de los tinerfeños de aquellos años. En un precioso artículo periodístico, El tranvía, publicado en el Diario de Avisos y posteriormente recogido en el libro A orillas de La Laguna, Leocadio Machado nos describe las sensaciones que, en su juventud, le transmitía aquél medio popular de transporte. Para el escritor, en el tranvía podías viajar al son de la isla por la parsimonia del lento arrastrarse de los vehículos por los caminos de Tenerife. Añora a las lecheras que todas las mañanas se dirigían desde los valles hacia la ciudad de Santa Cruz portando las cestas con los cántaros de leche para su venta diaria. Aquellos viejos coches dejaron paso, pues era el signo de los tiempos, a las flamantes guaguas rojas de la denominada Exclusiva, la antecesora de la actual Titsa.

Muchos incidentes marcaron la vida de este medio de transporte, pero sobre todos destaca uno, por su carácter trágico, que sacudió la sociedad canaria de ese tiempo. Tuvo lugar la tarde del sábado, 1 de septiembre de 1934. Al día siguiente los periódicos recogían la noticia del atraco que había sufrido un tranvía en la Curva de Gracia. Seguimos a partir de aquí el relato que hace el redactor del periódico La Prensa.

Serían las 20,30 horas cuando el conductor Antonio Guerra se dirigía con el tranvía número 15, desde La Laguna a La Cuesta, para terminar su jornada y entregar su recaudación, unas 600 pesetas de la época (36 €). Iban en el vehículo cinco pasajeros en el interior y uno en la plataforma. Como era costumbre el conductor llevaba a los pies un pequeño saco precintado con la recaudación que todas las noches se llevaba desde la estación de La Laguna hasta la central de La Cuesta. Casi inmediatamente detrás bajaba otro tranvía fuera de servicio conducido por Luis G. Panasco que solamente transportaba al inspector Manuel Cabrera. Al llegar el primero de los vehículos a la parte central de la Curva de Gracia, el conductor observó que una piedra en los raíles interrumpía el paso del vehículo. Frenó en seco y descendió para retirarla.


En ese momento, relata el conductor Antonio Guerra, "vi como salían de la parte del barranco unos cuatro o cinco hombres, de mediana estatura y las caras cubiertas con pañuelos. Algunos llevaban gorras y todos esgrimían pistolas. Se pusieron dos a cada lado del tranvía y sin pronunciar palabra, empezaron a hacer disparos contra nosotros. Yo me agaché, refugiándome detrás del control, para que las balas no me alcanzaran y vi como el joven que iba a mi derecha, caía desplomado a la carretera, porque uno de los tiros le había alcanzado".

Este joven era Agustín Bernal Cubas, de 19 años, estudiante de Bachillerato en el Instituto de La Laguna que bajaba a Santa Cruz ese sábado después de dar un paseo por la ciudad y que murió en el acto.
Uno de los asaltantes entró en el tranvía y cogió el bolso con el dinero de la recaudación mientras los demás amenazaban al conductor. Otro le dijo al chófer: "Sigan, porque si no los matamos".Los minutos siguientes fueron de gran confusión. Mientras huían el cobrador y otro pasajero, este último, que fue alcanzado por las balas, resultó herido. Mientras tanto, el tranvía siguiente (el 13), que iba a encerrar a La Cuesta y que llegaba a la escena del asalto, fue recibido por una lluvia de balas que acabó con la vida de su conductor, Luis García Panasco, de 35 años de edad.

El lugar elegido en la Curva de Gracia reunía unas condiciones ideales para el atraco, pues ya en aquel tiempo era sólo subida para los pocos automóviles que entonces circulaban y desde allí era fácil distinguirlos de lejos. Además por un lado, igual que ahora, un talud conducía al barranco situado inmediatamente debajo, lo que facilitó la huída de los asaltantes.


El sepelio de las víctimas tuvo lugar al día siguiente y en él participaron miles de personas acompañadas de una enorme comitiva de tranvías, guaguas, taxis y automóviles particulares que avanzó desde el lugar del suceso hasta el entierro en el antiguo cementerio de San Rafael y San Roque de Santa Cruz.
Estos hechos, conocidos como el asalto al tranvía, conmocionaron a todo Tenerife y durante un tiempo el número de pasajeros descendió de manera significativa. Los efectivos policiales (Policía, Guardia Civil, Guardia de Asalto y Guardias Municipales) realizaron un gran despliegue que dio como fruto la detención de varias personas, que fueron sometidas a juicio meses después.

El tranvía fue languideciendo en los años siguientes y la falta de inversiones en su infraestructura y el desinterés de las autoridades hicieron que desapareciera. Hoy que de nuevo vuelven a rodar por nuestras calles los tranvías, hemos querido recordar su antigua presencia entre nosotros.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 9 de mayo de 2008

ACTUALIZACIÓN

Cuando escribí este artículo en 2008, dejé un poco en el aire el asunto de la autoría del asalto por no disponer de datos fiables en aquel momento. Esto no se le escapó a un lector que en uno de los comentarios me decía: "Por cierto, en cuanto a los asaltantes, hablas de detenciones y de un posterior juicio. ¿Sabes si fueron condenados? ¿Se supo su identidad y por qué lo hicieron? ¿Era una banda que actuaba con frecuencia en aquella época en la isla?"

Ha pasado el tiempo y hoy alguien puede contestar a estas dudas mejor que yo. Se trata del investigador Rafael Cedrés, que pronto publicará un libro sobre el antiguo tranvía de Tenerife en el que dedica un capítulo íntegramente a este hecho.

Pueden encontrar un avance en el artículo Historia de una tragedia, que firma la periodista Sol Rincón Borobia y que publicó La Opinión el 28 de agosto de 2011.

POST SCRIPTUM


Un lector anónimo ha hecho un comentario en el que me envía un enlace con otra versión de la autoría del asalto. Lo incorporo porque creo que enriquece el artículo.

sábado, 14 de julio de 2012

Aquellos franceses

por Melchor Padilla


Frente a la oficina de Correos de Icod, en la calle de San Sebastián, empieza una calle, no muy larga y en cuesta, que conduce hasta el convento de San Francisco, en la actualidad Biblioteca y Centro Cultural del municipio. Esa calle se llama "Los Franceses" y detrás de ese nombre se esconde una página poco conocida de la historia de nuestras islas.

Este relato comienza lejos de aquí, en la bahía de Cádiz, hace 200 años. Cuando se produjeron los acontecimientos de Madrid de los días 2 y 3 de mayo de 1808, que suponen el principio de la que conocemos como Guerra de Independencia, en la bahía de la ciudad andaluza se encontraba anclada una flota francesa al mando del almirante Rosilly compuesta por los navíos “Héro” -en el que enarbolaba su insignia el almirante- “Algeciras”, “Argonaute”, “Neptune” y “Plutón”, junto a la fragata “Cornelié” y el bergantín “Venceteur”. Al llegar la noticia a Cádiz de lo acontecido en Madrid, el pueblo gaditano se echó a la calle exigiendo el bombardeo de la flota francesa por parte de las baterías de costa. El entonces Capitán General Solano, que, según los gaditanos, mostraba cierta tibieza con los franceses, fue asesinado por la multitud enfurecida. Su sucesor, el Gobernador de la plaza, Morla, exigió a los franceses que se rindieran. Tras negarse éstos después de largas negociaciones, la artillería española comenzó a disparar, no teniendo más remedio el almirante francés que rendir la flota el 14 de junio.



Después de la rendición, a la Junta de Cádiz se le crea el problema de qué hacer con los miles de prisioneros capturados. Para tratar de resolver el problema se ponen en contacto con las autoridades del archipiélago y desde aquí se les responde que, dadas las condiciones de penuria económica de las islas, podrían hacerse cargo de 1200 franceses. No obstante, el 11 de mayo de 1809 llega a Santa Cruz un convoy naval con 1484 prisioneros. Se creaba pues el problema de alimentarlos, vestirlos y vigilarlos, problema que a la larga se resolvería, mal que bien, con recursos del archipiélago, pues nada se hizo desde la metrópoli para ayudar en este sentido.


A fin de poder controlarlos a todos, inicialmente son confinados en Candelaria. Se elige esta villa porque hay un castillo que domina las casas, por el fácil control de entradas y salidas debido a su orografía, porque hay edificios que permiten el alojamiento de todos los prisioneros y porque se consideraba un pueblo bien ventilado, cuestión esta que se consideraba importante para evitar epidemias. Serán alojados en el convento dominico anexo a la basílica de la Virgen y se redacta un reglamento en francés para su custodia y vigilancia.

Pero pronto la cuestión de su alimentación se convirtió en un problema insoluble debido a la guerra, por lo que se decidió enviar a 496 de ellos a Gran Canaria y repartir el resto por los pueblos de la isla. Así La Laguna, Santa Cruz y La Orotava recibieron 200 presos cada una; Los Realejos y Güimar, 60; Icod y Garachico, 80 y Candelaria, 40. En La Laguna fueron alojados en la Casa de la Alhóndiga, en La Orotava en el Colegio de los Jesuitas y en Icod en una casa de la calle a la que aludíamos al principio de esta historia y que recibió su nombre de aquellos franceses. No obstante, el problema de su manutención subsistió, pues el 29 de junio de 1810, llegaron a las islas 800 prisioneros más, de los que 200 fueron enviados a La Palma, por lo que se decidió autorizar a los vecinos que necesitasen obreros para la agricultura o industria a contratarlos a cambio de alojamiento, comida y un salario mínimo de 1 tostón. Además, el empleador se comprometía a no maltratarlos.

De ese modo, empezaron a disfrutar de cierta libertad, e incluso ahorrar algo para desarrollar pequeñas industrias de la madera, latón y, sobre todo, esteras, escobas y abanadores. No obstante, no todos los presos tuvieron la misma suerte y en muchos casos tuvieron que mendigar para sobrevivir. Cumpliendo con la obligación de todo prisionero hubo, asimismo, sonados intentos de fuga de las islas, mediante la captura de embarcaciones inglesas, algunos de los cuales tuvieron éxito.

Después de vicisitudes entre las que se encuentran plagas de langosta, periodos de hambruna en las islas y epidemias -en las que muchos de ellos tuvieron un comportamiento heroico-, en 1814, vencido Napoleón e reinstaurados los Borbones en Francia, se procede a su repatriación, momento en el que un número considerable de prisioneros en todas las islas, unos 500, deciden no volver a su tierra natal y permanecer aquí, pues ya habían empezado una nueva vida casándose con jóvenes canarias.

Todavía podemos encontrar en la sociedad de nuestras islas los apellidos de aquellos prisioneros franceses: Barlet, Beautell, Croissier, Dionis, Duchemin, Fernaud, Garnier, Maffiotte, Maturier, Pomerol (trasmutado en Pombrol en La Palma), Reverón, Schwartz y tantos otros. Los nombres más conocidos entre los descendientes de los prisioneros son, entre otros, Imeldo Serís-Granier, Senador por la provincia de Canarias en el siglo XIX, la soprano María Oran y el que fuera último Alcalde republicano de Santa Cruz de Tenerife, José Carlos Schwartz, asesinado por los franquistas en los primeros momentos del golpe militar de 1936. Nos queda hablar de una figura entrañable, Michel Maffiotte, piloto del Neptuno, cuyas aventuras en la batalla de Trafalgar, a bordo del Indomptable, relata S.Berthelot en sus Misceláneas canarias. Será el fundador y primer director de la Escuela de Náutica de Santa Cruz.

Algunos de los descendientes de aquellos prisioneros mantienen aún vivo el recuerdo de aquello jóvenes franceses que, por culpa de la guerra, acabaron siendo canarios.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 29 de abril de 2008.

ACTUALIZACIÓN

Escribí este artículo hace ya más de cuatro años coincidiendo con el bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia pues quería contar a mis lectores algún aspecto relacionado con el papel de Canarias en aquella guerra que fuera poco conocido por los habitantes de nuestras islas. Terminaba el texto diciendo que todavía en algunas familias canarias se guardaba memoria de los soldados franceses que habían permanecido entre nosotros y habían fundado aquí su porvenir.

Nunca pensé que esto fuera cierto hasta el extremo de que algunos descendientes de los franceses me hicieron comentarios al artículo. Me ha parecido oportuno copiarles algunos aunque, como verán, no todos están de acuerdo con lo que digo.


Por Carlos Beautell (no verificado) hace 2 años
Gracias por esta información, yo soy uno de esos descendientes de franceses llegados a las Islas, si bien tenia bastante información al respecto, este articulo me aporta nuevos datos que me pueden ayudar a encontrar el lugar donde Luis Botet asi reza en su partida de bautizo, ahora (Beautell) padre de mi tatarabuelo Manuel Botet (Beautell), contrajo matrimonio y donde y cuando fallecio.
El llego a la Isla el 20 de Agosto 1810 en el navio San Lorenzo con 800 prisioneros y fue conducido con 60 prisioneros a la Alhondiga La Laguna.
Gracias por este articulo
Carlos

Por Visitante (no verificado) hace 1 año
Este artículo es muy interesante.Ayer mirando una heráldica del apellido de mi familia, Duchemín, descubrí que un antepasado mio fue un prisionero de guerra francés.Saludos a tod@s desde Lanzarote.

Por Visitante (no verificado) hace 32 semanas
¡agüita!
Hola buenas noches,curiosamente he caído en tu blog observando por Google.
Antes que nada he de decir que admiro que haya gente que busca en el pasado y en esas pequeñas historias que han acontecido en nuestras islas,soy canario y mi familia es francesa,es mas mi apellido esta en tu blog,es Croissier,he de indicarte bajo mi humilde opinión,por lo menos es lo que me han contado desde pequeño.
Todo lo que usted dice acerca de mi apellido es totalmente incierto por no decir mentira,los croissier venimos de la provincia de langedoc y fuimos hasta 1789 fieles servidores de su majestad luis XVI es mas,hechos documentados como el significado de mi apellido o documentos acreditativos aseguro que mis antepasados tuvieron que escapar de Francia pues se vieron inmersos en la situación de ser nobles y fieles a los monarcas justo en la revolución,salvo dos miembros jovenes,una parte fue guillotinada y la otra parte de mi familia juro lealtad a la república cambiándose el apellido y convirtiéndose en croisier(con una s solamente) los pocos que escaparon fueron rumbo a Ámerica pero una tormenta les desvío hasta llegar a las Palmas de Gran Canaria donde se quedaron,con lo cual es imposible que le jurasen lealtad a napoleón o que luchasen en sus filas,con lo cual totalmente improbable que fueran presos políticos.
Le recomiendo que la próxima vez se documente mejor señor Melchor ya que para mi,mi apellido es un orgullo y un privilegio,no me gusta leer algo que no fue cierto de mi familia y que ademas la desprestigia,si desea información adicional no dudare en dársela.
Saludos
Víctor Croissier (uno de los últimos Croissier)

Por Pomerol (no verificado) hace 1 semana
Buenas tardes D. Melchor: Como algún corresponsal ha dicho con anterioridad yo también he encontrado este artículo curioseando en Google.
Soy descendiente de uno de esos prisioneros que llegaron a La Palma, alojados en Argual, concretamente del nº 10 de la lista de los 200 enviados a la isla, Pedro Dionisio Pomerol Duvison, sargento 2º de dragones.
Estoy de acuerdo con casi todo lo que cuenta, pero en la documentación que tengo, oficios cursados entre los mandos de Marina y la Junta de Gobierno, se dice que los marinos fueron cambiados por personal de tierra, ya que al no haber fuerzas suficientes para dar seguridad al convoy ( en el que participaron navíos ingleses cedidos por el almirante Purvis), y los franceses podían hacerse con su control, se decidió que fuesen del Ejército de Tierra los transportados, que no tenían conocimiento del mar.
Tengo algo de documentación sobre este tema.
Mi antepasado se casó en 1816 en la Iglesia matriz del Salvador de Santa Cruz de La Palma.
Si todavía sigue en pie este tema y puedo ayudar no dude en decírmelo.
Un saludo Antonio


miércoles, 11 de julio de 2012

La Casa Fuerte de Adeje

En el centro de Adeje se alzan los restos de la casa fortaleza en torno a la que giró la vida de la Villa durante tres siglos


Detrás de cada piedra, de cada rincón, de cada paisaje de nuestras islas se esconde no una sino muchas historias y la que vamos a contar ahora tiene que ver con piratas, esclavos, plantaciones y la ambición de una familia.

El 9 de abril de 1902, un terrible incendio, quizá provocado, arruinaba casi totalmente la edificación más importante de Adeje. Sabemos con exactitud como fue en su momento de máximo esplendor por el dibujo que, en 1830, hace J.J. Williams con motivo de su estancia en la Villa acompañando a Sabino Berthelot. En el grabado aparece en primer plano una vista de las antiguas casas de la calle principal y al fondo la por entonces imponente imagen de la Casa Fuerte. Distinguimos su portalón neoclásico, y más atrás el bastión -que llegó a contar en los seiscientos con 17 piezas de artillería- y una especie de torre del homenaje. Una vista de hoy nos ofrece un triste espectáculo de abandono con la visión del esqueleto del techo de las que fueron antiguas dependencias.

Después del incendio quedan pocos restos, como los muros de la cocina principal y el portón de entrada, pero en el momento de su mayor auge, hacia 1766, la Casa Fuerte contaba, aparte del baluarte y la torre ya mencionados, con múltiples dependencias distribuidas en torno a un patio cuadrado central. Corrales y cuadras, portería, graneros, habitaciones específicas como la Contadoría y el Oratorio, habitaciones de los señores y la servidumbre, cuartos de costura y guardarropa, comedores, cocinas, despensas, herrería, lagar…y en el fondo norte, el ingenio azucarero, razón última de la existencia de la casa-fortaleza. Mención aparte merece el cuarto de los archivos, al que Viera y Clavijo denominó “tesoro de las Canarias”. La parte más importante de la documentación que poseía, hoy desperdigada, se encuentra en el Museo Canario de Las Palmas.

Afirma Nelson Díaz Frías en su obra La historia de Adeje de 1999, que la mansión “se convirtió (…) por espacio de más de trescien­tos años en el centro político, económico y social de la jurisdicción de Adeje, así como en el símbolo imponente de toda una era para adejeros y foráneos: la del régimen señorial de los Ponte.” Y es que la historia de la casa-hacienda es la historia de las sucesivas generaciones de miembros de dicha familia.

El mercader genovés Cristóbal de Ponte, que había financiado la conquista de la isla, recibió del Adelantado Fernández de Lugo tierras y aguas para destinarlas al cultivo del azúcar. Pero sería su hijo Pedro de Ponte y Vergara, regidor perpetuo de Tenerife, el fundador del Mayorazgo de Adeje en 1.567. Al mismo se debe igualmente la construcción de la Casa Fuerte en torno a 1.556 tras su solicitud de autorización al rey para usarla como medio de defensa ante los sucesivos ataques de los piratas y de la que fue nombrado Alcaide perpetuo con carácter hereditario.
La preocupación por los ataques piráticos no era caprichosa: las islas Canarias sufrieron en el siglo XVI multitud de ataques de piratas o corsarios berberiscos, franceses, ingleses y holandeses. Sirvan como ejemplo el ataque del corsario francés François Leclerc, apodado Pata de Palo, que saqueó e incendió el puerto de Santa Cruz de La Palma en 1553; o el holandés Pieter Van der Does, que en 1599 ocupa, saquea e incendia la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. En esta incursión atacó también San Sebastián de La Gomera y Santa Cruz de La Palma.,

Pedro Ponte fundamentó su poder desde los inicios en una economía basada en el cultivo y elaboración del azúcar en las tierras y el ingenio de su propiedad. Para conseguir trabajadores no dudó en mantener relaciones comerciales, más o menos clandestinas, con el corsario inglés John Hawkins, más conocido en las islas como Aquines, por medio del cual introdujo esclavos africanos para trabajar en la hacienda. En ese momento se llegaron a producir cien mil kilos de azúcar en cada zafra, que se exportaban a los puertos de Cádiz y Amberes.

Pero Pedro Ponte tenía otro objetivo, en el que la Casa Fuerte jugaba un papel primordial: convertir Adeje en su señorío jurisdiccional. Esto suponía que el señor de Adeje ejercería la justicia en primer grado y podría nombrar a las autoridades locales, lo que no era comparable a ser un señor feudal medieval, pero se le asemejaba bastante.

Pedro Ponte no consiguió su meta, pero un descendiente suyo compró al rey el señorío en 1655 y en 1666 fue nombrado Marqués de Adeje. La población de la villa, compuesta por aborígenes, esclavos negros, colonos y otros trabajadores libres se convirtió en dependiente de la autoridad de la familia Ponte. Incluso los repobladores con tierras propias se vieron obligados a plegarse ante su autoridad o abandonar el lugar. En 1664, Mariana de Ponte Castilla se casó con Diego de Herrera y Guzmán, conde de La Gomera y señor de El Hierro, lo que engrandeció a la familia en títulos. En 1776, falleció sin descendencia el último marqués, por lo que títulos y rentas pasaron a los marqueses de Bélgida condes de Sallens residentes en la Península. El actual marqués de Adeje, es Nicolás Cotoner y Martos.

La Casa Fuerte quedó en manos de los administradores nombrados por sus propietarios absentistas y en 1902, el mismo año del incendio, pasó a ser propiedad de la compañía frutera británica Fyffes. En la actualidad sigue siendo de propiedad privada. Fue declarada Bien de Interés Cultural en 2007.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 22 de abril de 2008

domingo, 8 de julio de 2012

Portugal

Este sábado estuvimos en Portugal. Portugal es una cuesta empedrada en cuyo borde se alinean las casas, algunas tan antiguas que el tiempo ha podido con ellas y muestran ya signos inequívocos de ruina. Bajamos en un silencio que sólo rompen los pájaros silvestres, las aves de corral y el balido de alguna cabra. Oímos también, mucho antes de verlo, un sacho golpeando la tierra de alguien que limpia rastrojos. Un vecino que baja la misma cuesta nos alcanza y cuando le decimos que vive en un sitio muy bonito nos contesta: "Lo fundaron los portugueses". Para llegar a este Portugal del que hablo no hace falta desplazarse en avión ni en barco, pues está muy cerca de nosotros: sólo hay que darse un salto hasta Taganana.


Los portugueses llegaron a Canarias para participar en las primeras etapas de la conquista, por lo que algunos recibieron tierras, aguas, ganados y hasta cargos públicos. Probablemente la primera viña de Tenerife fue plantada en 1497 por el portugués Fernando de Castro. Pero la primera entrada masiva de gente portuguesa fue con motivo del comienzo del ciclo económico del azúcar. Llegaron a ocupar los puestos de especialistas en las diferentes tareas de la elaboración de este producto para la exportación en los muchos ingenios de las islas.

Poco a poco, durante el siglo XVI y primera mitad del XVII, sobre todo en los años en que todos los reinos de la península Ibérica estuvieron bajo el poder de Felipe II, fueron llegando muchas familias portuguesas, algunas de judios expulsados, que se integraron en la vida del archipiélago de forma natural pero conservando muchas de las costumbres que traían de Madeira, Azores, el Algarve, el Alentejo y de otras regiones de las que provenían. José Pérez Vidal, Premio Canarias de 1984, en su libro Los portugueses en Canarias. Portuguesismos considera que la pervivencia de los elementos culturales lusos en nuestras islas se debe a que fueron trasmitiéndose de generación en generación formando una especie de tradición propia dentro de los núcleos de población de aquellos tiempos, que se fue pasando al resto de las sociedades insulares.

De esta forma han pervivido multitud de apellidos portugueses en nuestro archipiélago. Valgan como ejemplo los Abreu, Bacallado, Coello, Dorta, Marrero, Acosta, Machado, Rivero, Perera, Fariña, Yanes… sin olvidar que gran parte de nuestros Díaz, Fernández, Rodríguez, etc. fueron en su momento Dias, Fernandes, Rodrigues y se castellanizaron después. Y encontramos en nuestra música tradicional -las folías y las malagueñas- una cadencia majestuosa, casi de fado y ¿acaso no es música portuguesa el acento con que habla la gente de La Palma?

Todavía hoy seguimos utilizando en nuestro vocabulario cotidiano multitud de palabras de la lengua portuguesa. De este enorme acervo lingüistico me quedo con la que quizá sea la más hermosa palabra de estas islas y de la que tanto saben los que están fuera: la magua, que define esa tristeza añorante tan nuestra.

Por eso, cuando nos pregunten por nuestros antepasados podremos decir, como el vecino con el que hablamos en Taganana, que a nosotros, en parte, también “nos fundaron los portugueses”.

(Publicado en loquepasaentenerife.com el 14 de abril de 2008)

miércoles, 4 de julio de 2012

La laguna de Tenerife

por Melchor Padilla

Todos sabemos que la ciudad de La Laguna recibe su nombre del antiguo pequeño lago en cuyas orillas se fundó, pero pocos conocen dónde estuvo, cómo era y cómo sería la ciudad si aún existiera la laguna



Representación infográfica del lugar que ocuparía la laguna. Infografía de Guillermo Padilla

Todavía hoy a algún turista despistado que visita la ciudad y pregunta dónde está el antiguo lago, se le puede contestar con los versos de Quevedo que alguien parafraseó: "Buscas en La Laguna la laguna, ¡oh, peregrino! Y en La Laguna misma laguna no hallas…". Esa laguna ya no existe, pero sabemos por los documentos históricos cuáles fueron su ubicación y sus características.

Los aborígenes la llamaron Aguere (a-garaw: gran superficie de agua), pero la primera referencia histórica nos la da el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, enviado por el rey Felipe II para analizar y mejorar en lo posible las fortificaciones de las islas Canarias. Escribió Descripción e historia del reino de las Islas Canarias (1588), una fuente fundamental en la que describe las islas, sus principales poblaciones y su historia, además de aportar datos y planos para sus fortificaciones.

En su obra aporta el primer plano de la ciudad en el que aparece el lago. Lo describe así:"Se forma por la reunión de las aguas de los montes circunvecinos, se llena por medio de un riachuelo que viene desde el norte, y se desagua por otro que corre en dirección del levante. Tiene poco fondo, y durante el verano a menudo se seca completamente. Es muy útil para el ganado que pasta en su alrededor, en número infinito. Para los que tiran el arcabuz es un verdadero deleite, por la diversidad de los pájaros y animales que viven en ella; tanto más, que está muy cerca de las casas, de modo que resulta útil y agradable, sin cansar y exigir mucho camino" Nos dice también que tenía poco fondo y que su perímetro era de unos 1880 metros (2700 pasos andantes)

El profesor Criado, de la Universidad de La Laguna, en su interesante Breve e incompleta historia del antiguo lago de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, publicada en 2002 y hasta ahora el trabajo más completo sobre el tema, establece la profundidad máxima del lago en torno a los 0,80 metros. A finales del siglo XVI, el viajero inglés Sir Edmund Scory nos dice que la ciudad "toma su nombre de un gran lago o pantano que tiene cerca, hacia el oeste, en el cual se hallan de ordinario gran número de pájaros de río de diferentes especies".




A partir del siglo XVII los distintos autores que la describen -Núñez de La Peña, Castillo o Glas- insisten ya en que se secaba en verano, por lo que debemos suponer que se trataría de un pantano o humedal cuyo volumen de agua dependería no de los aportes de los nacientes del monte de Las Mercedes, sino exclusivamente de las lluvias invernales.

Paulatinamente fue desapareciendo y en el plano del teniente coronel Amat de Tortosa, que copia en 1779 el marino francés M. le Chevalier Isle, ya no aparece ninguna superficie de agua.  No obstante, una menguada laguna aparece en 1814 en un mapa de Tenerife del científico alemán Leopold von Busch. En 1837, ingenieros militares drenan y nivelan el llano, lo que supone la desaparición de la laguna como tal.

Saber donde estuvo es todavía sencillo. Desde las montañas que circundan la ciudad se puede apreciar una mancha de vegetación que ocupa el lugar de nuestra laguna. Su perímetro viene marcado por las calles Silverio Alonso, Lucas Vega, Marcos Redondo, Paseo Oramas hasta el Estadio de La Manzanilla, Alfredo Kraus y Concepción Salazar hasta el Camino Largo. Una de las calles que iban a dar al lago, Rodríguez Moure, recibe todavía el nombre popular de calle Remojo, evidentemente por las inundaciones que provocaban las subidas de nivel del agua. La reconstrucción infográfica de más arriba nos permite situar la laguna en una fotografía aérea y cómo sería la ciudad si todavía existiese el lago.

La laguna ya no está, pero la naturaleza no se rinde fácilmente y, en muchas ocasiones, el agua ha vuelto a ocupar el espacio del que fue desalojada. Sólo en el siglo XX, en 1922, 1950 y en 1977, lluvias torrenciales ocasionaron que por unos pocos días, volviera del pasado el recuerdo del lago que dio nombre a la ciudad. Las obras emprendidas por el primer ayuntamiento de la democracia, que presidió el pintor Pedro González, sirvieron para sanear la red de evacuación de aguas por los barrancos de la ciudad, por lo que el peligro de inundaciones ha disminuido mucho. Pero la Naturaleza es persistente.

Nota de la redacción: el vecinoreportero autor de esta información expresa su agradecimiento a Adrián Alemán de Armas por facilitarle la fotografía de la inundación de La Laguna en 1977.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 7 de abril de 2008

domingo, 1 de julio de 2012

La sombra de un almendro


Algunos se deben haber preguntado a qué almendro se refiere la letra de nuestro himno oficial y si se trata de un árbol real. Pues sí, existe o más bien habría que decir existió, pues hoy en día sólo queda de él su tronco seco y solitario.

Se encuentra en la zona lagunera de Gracia, en la antigua casa canaria del siglo XVIII, hoy en estado ruinoso, que perteneció a la familia irlandesa de los Murphy, cuyos últimos representantes más conocidos fueron los hermanos Patricio y Nicolás Estévanez Murphy. El primero fue un reputado periodista local y el segundo militar de prestigio -le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando por su intervención en las guerras coloniales africanas-, aventurero y poeta. Ambos fueron de ideología republicana y federal y Nicolás Estévanez llegó a ser ministro de la Guerra durante la I República española.

Suyos son los versos en los que canta al almendro de Gracia, el árbol de su infancia: 

"Mi patria no es el mundo;
 mi patria no es Europa; 
mi patria es de un almendro, 
la dulce, fresca, inolvidable sombra".

Bajo este árbol tenían lugar animadas tertulias en las que participaron hombres tan destacados de la intelectualidad insular novocentista como Teobaldo Power, Valentín Sanz, Almeda, Alfonso Dugour, Elías y Antonio Zerolo, Francisco María Pinto, Moure y Tabares, entre otros. También Borges Salas esculpió en esa casa la figura de la Fecundidad que preside la fuente principal del parque García Sanabria.

Con el paso de los años, el arbol se fue secando. El periodista Leoncio Rodríguez se refería a él en 1946: "Con su tronco ya casi carcomido, sus brazos escuálidos y sus hojas macilentas, todavía se yergue en el jardín de la antigua casa de los Estévanez, como un valetudinario que añora tristemente su lozanía perdida. Hoy, falto de savia y de vigor, apenas sí logra disimular sus achaques con algún brote florido al llegar los días primaverales".

Aunque al parecer el Cabildo Insular de Tenerife ha adquirido en fechas recientes la casa con el fin de restaurarla y convertirla en museo, la imagen descarnada de nuestro almendro se convierte en un monumento a la desidia con la que tratamos los canarios a nuestro pasado.

Publicado en loquepasaentenerife.com el 24/03/2008

ACTUALIZACIÓN


A partir de 2010, las cosas comenzaron a cambiar para la casa de los Estévanez. En ese año se incoó el expediente para la declaración del edificio como Bien de Interés Cultural y el año siguiente el Cabildo de Tenerife puso en marcha el procedimiento para la rehabilitación de la casa con un presupuesto de 750 mil euros de los que el Ministerio de Fomento se hizo cargo de un 75%. Las obras se adjudicaron a la empresa Construcciones Felipe Méndez, S.L. En la actualidad la casa se encuentra en fase avanzada de restauración.


¡Hola a todos!


A lo largo de estos últimos cuatro años he ido escribiendo una serie de artículos referidos al patrimonio cultural de la isla de Tenerife, en la que vivo, que se han ido publicando con cierta periodicidad en el periódico digital loquepasaentenerife.com. En ellos he intentado dar a conocer a mis lectores los rincones patrimoniales de la isla que son menos conocidos por sus habitantes; es decir, la idea que me ha guiado ha sido la de divulgar aquellos aspectos referidos a lugares, edificios religiosos, civiles, militares o industriales, personajes, hechos o elementos del patrimonio intangible que de alguna manera se relacionan con nuestro pasado histórico y de cuya existencia he considerado que era importante que mis posibles lectores  tomaran conciencia.

Detrás de cada piedra, de cada rincón, de cada casa, de cada paisaje de nuestras islas se esconden no una sino muchas historias. Son historias que tienen que ver no sólo con los grandes acontecimientos que nos han afectado como pueblo sino con la vida cotidiana, con las formas de ser y vivir, con los avatares que nos han ido convirtiendo en lo que hoy somos. Muchas de esas historias hablan de  ambición, de poder y de la miseria de generaciones enteras de canarios que han sostenido la vida de los poderosos.

La idea de publicar estos artículos surgió, en principio, con la intención de plasmar algunas de las actividades docentes con las que trataba de dar variedad a mi trabajo cotidiano de profesor de Geografía e Historia y que tenían como objetivo que mis alumnos abrieran los ojos a toda la riqueza patrimonial que les rodeaba y que desconocían. Poco a poco he ido desgranando más de sesenta artículos –y los que vendrán- en los que he intentado dar a conocer la isla desde una óptica patrimonial conservacionista, haciéndolo de forma didáctica y, en la medida de lo posible, amena.

En las páginas de loquepasaentenerife.com han ido apareciendo muchos lugares y personas ligadas al pasado de la isla que, he de confesarlo, yo antes no conocía y créanme que ha sido una experiencia apasionante trabajar sobre ellos. La tarea de localizar algún tema de interés, documentar el artículo, desplazarme a los lugares para hacer fotografías, contrastar la información y redactarlo ha sido enormemente estimulante. En esa tarea he recibido la enorme ayuda y compañía de familiares, amigos y compañeros de trabajo que, sugiriéndome temas, acompañándome en las visitas o criticando de manera constructiva lo que estaba haciendo, me han facilitado e incluso alegrado esta tarea.

Ahora creo que ha llegado el momento de concentrar en una sola páginaweb todos estos artículos para que los que estén interesados puedan acceder a ellos de forma fácil. Muchos deberán ser actualizados mientras que otros siguen teniendo la misma vigencia que cuando los escribí. En cualquier caso estoy dispuesto a recibir en este mi nuevo blog todas las críticas y sugerencias que deseen enviarme así como cualquier información sobre aspectos de nuestro patrimonio que crean que se deben dar a conocer.

Termino con una reflexión del político francés Eduard Herriot: “El valor de una civilización no sólo se mide por lo que sabe crear, sino por lo que es capaz de conservar”

Espero que este trabajo se entienda como una forma de arrimar el hombro en esta tarea, que nos obliga a todos, de defensa de un legado que no debemos olvidar que no es nuestro sino de nuestros hijos.